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1 de Febrero de 2010 a las 5:22 GMT+1
seleucus
Dos elementos más bien anecdóticos me llamaron la atención durante la lectura de Los días contados, del húngaro Bánffy (Libros del Asteroide).
El primero está en la página 299 (y eso es medio libro, shit yourself little parrot). Leemos:
"Por un instante, la mirada de Adrienne pareció reflejar miedo. Pero después, levantó la barbilla y le ofreció sus labios a Bálint. Éste le dio un beso largo en la boca cerrada, abrazándola ligeramente, estrechando contra sí el cuerpo de la mujer." [Traducción de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Gaviño. Las negritas son mías, parafraseando a Mandingo.]
Ya de pequeño me fijaba en que en las películas de ahora (por decirlo vagamente) los amantes se besan con lengua. Como en la vida misma. Sin embargo, en las de antes los besos siempre son a boca cerrada. Vale que no entran moscas, pero el desarrollo de los mecanismos de besuqueo en el celuloide da que pensar. Y la frase de Bánffy también.
Del segundo no puedo poner la referencia porque no marqué la página, y cualquiera se pone a buscarla en un tocho como ése. No importa. La cosa iba así: en cierto diálogo, alguien mencionaba una cacería, quizá de perdices, en la cual, al parecer, uno de los participantes estuvo a punto de asesinar a otro de modo encubierto. Ya se sabe que las armas las carga el Diablo, no Godzilla, y que si un grupo de aristócratas alcoholizados se pasea por el monte con escopetas cargadas es muy fácil que algún heredero termine con el cerebro entre las setas.
Entonces pensé: "0-0, vaya mierda de partido... espera, si en El último encuentro, de Sándor Márai, novela posterior a Los días contados, uno de los protagonistas está a punto de liquidar accidentalmente a otro en una cacería, y Bánffy, por lo que sé, es una de las influencias literarias de Márai...".
Exactamente ahí dejé de pensar.
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31 de Diciembre de 2009 a las 7:13 GMT+1
seleucus
Un año más, un jurado compuesto por el abajo firmante (es un decir) falla los premios literarios de este blog. Os recuerdo que tienen que ser novedades en la medida de lo posible, y el gran problema es que no caen tantas en mis manos. Además, en dos categorías el autor tiene que estar vivo: en la de Litteraturæ Magister (dado a uno de los grandes que nunca recibirá el Nobel) y en la de Mejor Autor. En el resto de casos, los escritores pueden estar esperándonos en los Campos Elíseos.
Por otro lado, el premio de este año es una foto que me costó lo suyo:

[Evidencia científica irrefutable de que los mamíferos leen, literalmente, cualquier cosa.]
Así, hecho ya el trabajo de campo, paso a dar la lista:
Litteraturæ Magister por toda una vida literaria: J.D. Salinger (Nueva York, 1919)
Mejor Autor: Christine Arnothy, por Tengo quince años y no quiero morir (Barril & Barral)
Mejor Compendio de Cuentos: Relatos de Kolimá II, de Varlam Shalámov (Minúscula)
Mejor Editorial: Galaxia Gutenberg
Mejor Novela: Los días contados, de Miklós Bánffy (Libros del Asteroide)
Mejor Otro: Nostalgia de Charlie Parker, de Robert George Reisner (Global Rhythm Press)
Mejor Traducción: Xavier Roca-Ferrer, por El viaje de Shakespeare, de Léon Daudet (Barril & Barral)
Mejor Volumen: El rival de Prometeo, de varios autores (Impedimenta)
Premios Seléucidas 2009 a la Decadencia
Cubierta Más Espantosa: El amante, de Nicole Jordan (Esencia, Grupo Planeta)
Novela Más Impresentable: La mano de Fátima, de Ildefonso Falcones (Grijalbo)
Peor Frase Publicitaria: “El más exacto rigor histórico, talento narrativo y poder de la autora como creadora de atmósferas prenderán la atención del lector para conducirlo sin pausa hasta el final. Una excelente novela”, por José Saramago en La casa de los siete pecados, de Mari Pau Domínguez (Grijalbo)
Accésit al Desastre Estético Más Lamentable: Mapa de los sonidos de Tokio, de Isabel Coixet (Tusquets)
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18 de Diciembre de 2009 a las 7:54 GMT+1
seleucus
La encomiable labor editorial de Luis Solano al frente de Libros del Asteroide lo ha llevado a publicar la primera parte de la "Trilogía transilvana" de Miklós Bánffy (1873-1950), muy conocido en su casa a las horas de comer, como decía mi abuela (normal: los comunistas prohibieron sus obras y en nuestro lado no se le hizo ni caso). Seguirán Las almas juzgadas y El reino dividido. En otras palabras: la caída del Imperio Austrohúngaro. Y es que no todos contraatacan.
Bánffy llegó a ocupar la cartera de no sé qué ministerio, y parte de la gracia de la novela radica en su aproximación totalmente realista a los entresijos de la política austrohúngara, especialmente durante los primeros años del siglo XX, tiempo en que transcurre la acción. Mencionaré además que sacaba 27 años a Sándor Márai y 18 a Lajos Zilahy. Después de haber leído a los tres, parece evidente que la pasión literaria de estos dos por las sagas familiares húngaras tiene una raíz clara en Bánffy, maestro a la hora de narrar la hungaridad, por llamarla así, a través de las descripciones costumbristas de unas elites culturales y económicas que tienen, precisamente, los días contados. La Primera Guerra Mundial llama a la puerta y barrerá con todo, Imperio incluido, de modo que los supervivientes de las aristocracias defenestradas, sin tener aún a la vista la llegada del comunismo que terminaría sembrando la tierra de sal, acabarán sumidos en la invisibilidad que suplicaba Ian McKellen en Gods and Monsters. Hungría, la patria de Liszt según las fronteras de la época (hoy es Austria), convertida en uno de los núcleos del porno europeo actual. Vivir para ver.
Traducción, en algunos aspectos mejorable, de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Gaviño, y prólogo correctísimo de Mercedes Monmany. Se recomienda leerlo como epílogo.
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