¿Por qué uno y no otro?

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14 comentarios 21 de octubre de 2009 a las 7:21 GMT+1 seleucus

Esta entrada no es una crítica a Stieg Larsson, cuyas obras de la trilogía Millennium no he leído. Todos mis respetos, sobre todo cuando un amigo especialista en novela negra, Horacio Vázquez-Rial, afirma tanto en un artículo como en privado que es muy bueno. Así, voy a centrarme en otro tipo de fenómeno: el de la invasión de los ultracuerpos.

Lo llamo así porque, vaya donde vaya, todo el mundo sostiene un libro de Larsson: en el metro, en la universidad, en una cafetería, etc. Están por todas partes y no se puede escapar. Y quienes lo leen se convierten estusiastamente a una nueva fe que, en verdad, durará dos telediarios. Es decir, hasta que los libros pasen de las manos a las estanterías.

A pesar de que gran parte de los autores vivos o recientemente fallecidos que se publican no valen ni el papel en que se han impreso, es indudable que también hay libros buenos, muy buenos e inclusive magistrales. Por tanto, pensando en el asno de Buridán, que muere de inanición porque tiene dos montones de heno a la misma distancia y no sabe por cuál decidirse, uno se pregunta: ¿Por qué todo el mundo, aun aquél que no ha leído novela negra en su vida, compra de súbito y tan masivamente la misma trilogía? ¿Por qué Larsson y no Fred Vargas o Massimo Carlotto?

Es obvio que la clave está en la distribución. Destino (Larsson en español) y Columna (en catalán) son pesos pesados que suelen estar presentes no ya en las mesas de novedades sino en las estanterías de destacados, al alcance de cualquiera. No hay que preguntar a ningún empleado de la Casa del Libro o la FNAC "dónde están los de Larsson" porque los ves desde treinta metros.

Sin embargo, se producen al mismo tiempo dos fenómenos psicológicos que llevan a la compra masiva de un mismo libro: primero, el fetichismo del volumen, algo que ya traté; segundo, cierta oscilación impulsiva que va del aislamiento al mainstreaming: se pasa, con una facilidad pasmosa, de leer un libro desconocido (en el peor de los casos por elitismo intelectual forzado e insano) a leer eso que lee todo el mundo, sólo para no quedarse descolgado en las conversaciones de cafetería. Lo mismo sucede con el cine.

La conclusión, más allá de que la virtud, regulada por la prudencia, sea un término medio entre dos extremos igualmente perjudiciales, es que cada uno lea y vea lo que quiera pero sin engañarse ni engañar a los demás con argumentos falaces. Y es que leer algo porque no lo lee nadie es tan absurdo como leerlo porque todo el mundo lo hace.

Entrada clasificada como: Negra,Observaciones varias,Qué sucede en el mundo editorial

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