Todo fluye, de Vasili Grossman

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4 comentarios 1 de Marzo de 2010 a las 7:37 GMT+1 seleucus

Segundo volumen que leo de Grossman, de nuevo en Galaxia Gutenberg y traducido por Marta Rebón. Me ha gustado más que Vida y destino, aunque está claro por qué ése ha llegado más lejos que el que hoy me ocupa.

Me parece de lo más normal que Todo fluye se erija como el testamento literario de Grossman (1905-1964). Representa otra vuelta de tuerca, un paso más en la dramatización de lo que conlleva la vida en un régimen totalitario, y más específicamente comunista. El protagonista es Iván Grigórievich, liberado, a la muerte de Stalin, de un campo de concentración donde ha sobrevivido los últimos 29 años. Intenta volver a casa, pero ya no hay casa. No hay nada. Unos amigos han muerto, bien por causas naturales bien por causas estatales, y otros preferirían que Iván no hubiera regresado de entre los muertos en vida para recordarles que el crimen no se borra con Tipp-Ex. El abismo que se abre entre él, inmutable tras su congelamiento literal en los campos, y el fluir de la vida fuera de ellos me ha recordado a los regresos a la Tierra de los soldados espaciales en The Forever War: los años lo han cambiado todo durante siglos, pero ellos han permanecido jóvenes, viajando a la velocidad de la luz, y ya no pueden adaptarse. La única solución al desajuste vital consiste en volver a enrolarse para luchar contra los alienígenas más allá del Sistema Solar.

No obstante, Grigórievich no se enrola en nada, y menos aún regresa al campo de concentración. Quien quiera saber más, que lea la novela. No se arrepentirá.

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The Road, la película

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3 comentarios 23 de Febrero de 2010 a las 7:02 GMT+1 seleucus

Llego tarde a la reseña de la película porque no me gusta ir cuando se acaba de estrenar. Manías personales.

En mi opinión, últimamente hemos tenido el raro privilegio de asistir en directo al nacimiento de una obra mayor en la literatura y de su reflejo excelso en el cinematógrafo. No es una coincidencia que se dé muy a menudo. La versión en imágenes no se separa del texto escrito excepto en la culminación final, mucho más abierta que la original aunque en absoluto errónea desde un punto de vista meramente estético. Nada que objetar.

La crudeza es extrema, más por lo que se insinúa que por lo que se muestra, y las interpretaciones puntúan veinte sobre diez, igual que la dirección y el diseño de producción. El recuerdo amargo de lo que fue y ya no es, y de lo que pudo haber sido y nunca será, te acompañan desde el primer fotograma. En medio, las tres alternativas: el suicidio como única vía de escape, la supervivencia manteniendo a cualquier precio los antiguos valores de la civilización o la subsistencia a través de la eliminación de todo rastro de conciencia que evoque a la humanidad. Ahí, en la elección, se percibe la fuerza de Viggo Mortensen para convencernos de que haría lo que fuera por su hijo, incluso pactar con Dios, pasar por loco y guardar un silencio eterno y solipsista a cambio de que todo volviera a ser como antes. Es decir, a la manera de Tarkovski en Sacrificio.

En conjunto, una clase magistral de cómo sobrevivir al Apocalipsis eludiendo a la chusma caníbal que merodea por ahí.

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Tercer artículo en Factual

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Añadir comentario 19 de Febrero de 2010 a las 19:14 GMT+1 seleucus

"De Hegel a Grossman (y vuelta)". Y ya se pueden dejar comentarios en el nuevo Factual.

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Segundo artículo en Factual

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3 comentarios 12 de Febrero de 2010 a las 21:54 GMT+1 seleucus

"El centeno del guardián". No hace falta que explique de qué trata.

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Caballería roja, de Isaak Bábel

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6 comentarios 9 de Febrero de 2010 a las 7:47 GMT+1 seleucus

En el año 1999, Galaxia Gutenberg publicó este volumen de relatos breves en traducción de Ricardo San Vicente, profesor de ruso en la Facultad de Filología Eslava de Barcelona, y Círculo de Lectores la reeditó en 2004 añadiendo acertadamente un prólogo del escritor argentino Rodolfo Enrique Fogwill.

Bábel es uno de los asesinados en los campos de concentración comunistas, como narra Vitali Shentalinski en Esclavos de la libertad. Judío nacido en Odesa en 1894, estudió Derecho y se puso a trabajar como periodista. Durante la Guerra Polaco-Soviética de 1920-21 estuvo destacado en el frente, donde se inspiró para la redacción de los treinta y seis relatos que componen este volumen de poco más de 200 páginas. Instantáneas de la miseria y el sufrimiento, de la desgracia de adultos desahuciados por la vida y de huérfanos cuyos padres hablaban la lengua enemiga en el momento y el lugar equivocados. Me recuerda mucho al compendio La patria de la electricidad, del siempre deprimente Platónov.

En cuanto lo acusaron de trotskista, sus días estaban contados. Murió fusilado en Siberia en 1939, dejándonos un legado literario de primer orden. RIP.

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Contando a Miklós Bánffy

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5 comentarios 1 de Febrero de 2010 a las 5:22 GMT+1 seleucus

Dos elementos más bien anecdóticos me llamaron la atención durante la lectura de Los días contados, del húngaro Bánffy (Libros del Asteroide).

El primero está en la página 299 (y eso es medio libro, shit yourself little parrot). Leemos:

"Por un instante, la mirada de Adrienne pareció reflejar miedo. Pero después, levantó la barbilla y le ofreció sus labios a Bálint. Éste le dio un beso largo en la boca cerrada, abrazándola ligeramente, estrechando contra sí el cuerpo de la mujer." [Traducción de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Gaviño. Las negritas son mías, parafraseando a Mandingo.]

Ya de pequeño me fijaba en que en las películas de ahora (por decirlo vagamente) los amantes se besan con lengua. Como en la vida misma. Sin embargo, en las de antes los besos siempre son a boca cerrada. Vale que no entran moscas, pero el desarrollo de los mecanismos de besuqueo en el celuloide da que pensar. Y la frase de Bánffy también.

Del segundo no puedo poner la referencia porque no marqué la página, y cualquiera se pone a buscarla en un tocho como ése. No importa. La cosa iba así: en cierto diálogo, alguien mencionaba una cacería, quizá de perdices, en la cual, al parecer, uno de los participantes estuvo a punto de asesinar a otro de modo encubierto. Ya se sabe que las armas las carga el Diablo, no Godzilla, y que si un grupo de aristócratas alcoholizados se pasea por el monte con escopetas cargadas es muy fácil que algún heredero termine con el cerebro entre las setas.

Entonces pensé: "0-0, vaya mierda de partido... espera, si en El último encuentro, de Sándor Márai, novela posterior a Los días contados, uno de los protagonistas está a punto de liquidar accidentalmente a otro en una cacería, y Bánffy, por lo que sé, es una de las influencias literarias de Márai...".

Exactamente ahí dejé de pensar.

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Tesis doctorales por escribir

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5 comentarios 18 de Enero de 2010 a las 7:46 GMT+1 seleucus

Después de doctorarme y de llevar años dando la vara con este blog, he llegado a la conclusión de que ideas aparentemente frikis pueden cristalizar en un trabajo académico óptimo, siempre que el director de tesis sea bueno y el asunto se tome en serio. Ahí va lo que me ha pasado por la cabeza en mis incontables momentos de solaz:

La categoría de literatura de aeropuerto y su influencia en el imaginario colectivo. (Campos: Filología, Filosofía, Psicología, Sociología.) Aquí cabe de todo: Dan Brown, Steve Alten, etc.

Sintaxis y vocabulario en las peores novelas del siglo XXI en lengua española. (Campo: Filología.) Sobran nombres: Manuel Maristany, Maria de la Pau Janer, etc.

La falta de exigencia literaria y el servilismo en tanto que identificación con el agresor. (Campos: Filología, Filosofía, Psicología, Sociología.)

Transición de la novela vampírica al cine de zombis: la dialéctica de la sangre. (Campos: Filología, Filosofía, Historia del Arte.)

Mercadotecnia editorial: cómo vender lo que ni siquiera debería haberse escrito. (Campos: Empresariales, Publicidad.)

Gestión de la imagen y mecanismos psicológicos: el escritor millonario como rebelde comprometido y los acólitos que se lo creen. (Campos: Psicología, Publicidad, Sociología.)

Las drogas y su uso en las novelas distópicas. (Campos: Farmacología, Psicología, Psiquiatría, Química, Sociología.) Se me ocurren Brave New World, A Scanner Darkly, Logan's Run, A Clockwork Orange y Noir. No recuerdo si en 1984 se controla a la población mediante drogas, aunque creo que algo de eso se descubre hacia el final.

Hermenéutica y desconstrucción en la corrección gramatical de novelas ilegibles. (Campos: Filología y Filosofía.)

Evolución de lo kitsch en las cubiertas de las novelas erótico-románticas. (Campos: Bellas Artes, Filosofía, Historia del Arte.)

Si se os ocurre algo más, ya sabéis...

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Cinco regresos

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3 comentarios 12 de Enero de 2010 a las 6:54 GMT+1 seleucus

Una parte de lo que voy a exponer ya lo traté hace tiempo, pero el visionado de [REC] 2 me llevó a otro enlace de referencias y me decidí a escribir esta entrada.

Hay cinco regresos a casa, y no por Navidad, que ponen los pelos de punta. El primero, y quizá sea el punto de partida histórico para el resto (menos para uno, el español), es el que describe W.W. Jacobs en el relato "The Monkey's Paw": la desgraciada madre desea que su hijo muerto vuelva a casa. Pero claro, es muy imprudente hacer eso mientras sostienes una pata de mono disecada que, aunque tenga el poder de concederte lo que deseas, lo hará siempre con un reverso tenebroso. Y si, justo después de desearlo, oyes pasos en el jardín mientras algo indescriptible te hiela la sangre en las venas, tanto peor. El capítulo de La hora de Alfred Hitchcock basado en este relato era muy malo, pero el final lograba transmitir el espanto.

El segundo retorno es el de la protagonista del relato "La resucitada", de Emilia Pardo Bazán. Una fenecida sale del mausoleo y vuelve a casa para horror de su marido e hijos, quienes se dan cuenta de que el amor que sintieron por ella no puede regresar ante la evidencia de que algo innatural ha cristalizado en su vida cotidiana. El rechazo familiar la lleva de vuelta a la tumba por voluntad propia en una escena memorable: su presencia inefable ha roto lo irrompible.

El tercero es el de I Am Legend, de Matheson. El protagonista, el último hombre en un planeta de vampiros (ventaja: no pagas impuestos ni hay televisión pública), recuerda el día en que enterró a su mujer, víctima de la plaga, así como el preciso instante en que la puerta de casa se abrió y ella reapareció, viva en muerte, balbuceando su nombre a lo zombi pero sin intención alguna de consumación matrimonial. Se entiende que uno, después de resucitar vampíricamente, necesite sangre. Con un Cacaolat no llegas.

El cuarto es el de la mujer e hijo del protagonista en la película El cementerio viviente, basada en una novela de Stephen King que no he leído. Nunca hay que enterrar a los muertos en un suelo (sagrado para los indios, a lo Poltergeist) que tiene la propiedad de resucitar al personal, mas dotándole de una mala baba sanguinaria espectacular. Así, el notas, que no se da por aludido cuando el fantasma de uno a quien vio morir se aparece para avisarlo, no tiene ninguna idea mejor que enterrar a su hijo y a su mujer allí. A quién se le ocurre. Como presentarse en El Corte Inglés el primer día de rebajas.

El quinto regreso no es exactamente como los anteriores. No obstante, tiene un toque diferencial que me pilló totalmente desprevenido. Es el de una mujer en [REC] 2. Cuando el marido entra en el piso del edificio infectado, acompañado por las fuerzas especiales de la policía, percibe que en la cocina hay alguien. La tensión sube y te agarras a la butaca. El grupo se desliza en sigilo por el pasillo y entonces se oye que la zombi se pone a batir un huevo para hacer una tortilla. Matrícula de honor para Jaume Balagueró, porque te esperas cualquier cosa menos eso. El marido penetra en la cocina a medialuz, contraviniendo las órdenes de los policías, y la que en vida fue su esposa intenta sazonar la tortilla con su sangre.

Eso es lo que se llama "alta cocina catalana".

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La carretera, de Cormac McCarthy

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9 comentarios 11 de Enero de 2010 a las 7:07 GMT+1 seleucus

Se ha dicho mucho de este autor, y por críticos que lo conocen mejor que yo, de modo tiraré por otra dirección, no sin antes sintetizar el argumento para quien no sepa nada de la obra: padre e hijo pequeño se dirigen a la costa por una carretera interestatal de lo que antaño fueron los Estados Unidos, evitando caer en manos de los grupos de caníbales que acechan por doquier.

Ahora, punto por punto:

Primero, la he leído en la traducción catalana que me ha dejado un amigo. Está en Edicions 62. Mejorable, a mi juicio, en algunos aspectos inesperados, a menos que los mandamases oficiales del cortijo hayan cambiado por la cara el funcionamiento de los pronombres personales débiles y yo ni me haya enterado. La traducción española, por su lado, está en Mondadori.

Segundo, la considero casi una obra maestra, y con doble mérito porque ya es difícil, a estas alturas, escribir algo bueno alrededor de un tema tan recurrido como el fin apocalíptico de la humanidad.

Tercero, la figura del niño no está correctamente caracterizada porque adolece de un exceso de cobardía. A pesar de que se adivine que dicha afección terminará desapareciendo a través de la negatividad como aprendizaje vital, no me resulta creíble que el personaje tenga miedo con tanta frecuencia. Y no porque el mundo horrible donde vive no lo provoque sino porque él ya ha nacido en ese mundo. Es decir, no ha conocido la civilización. De este modo, ya está hecho a una situación espantosa que es nueva para su padre, pero no para él. Para él es el estado natural de cosas.

Cuarto, la novela me ha recordado a una película, cuyo título he olvidado, en la cual los protagonistas están en una estación orbital alrededor de la Tierra y, de pronto, ven cómo estalla una guerra nuclear. Acongojados, regresan a los Estados Unidos en un módulo de aterrizaje y lo primero que le pasa a uno de ellos es que un grupo de caníbales lo devora sin pedirle siquiera permiso. Un verdadero escándalo.

Quinto, y tal como me pasó con Soy leyenda (a la cual La carretera se parece mucho), no la veo propiamente como una obra de ciencia ficción sino de terror, incluso sobrenatural a partir del momento en que no se explica por qué toda la vida ha muerto. Como si Dios hubiera apagado la luz para siempre, hastiado de nosotros. Pone los pelos de punta. La medianoche del paraíso lleva al amanecer del infierno.

Sexto, el final, y más concretamente el último parágrafo, es brillante como pocos. Hacía tiempo que no leía algo así.

Como epílogo, una reseña negativa que me ha pasado una amiga. Que el libro haya gustado en general no significa que haya gustado a todo el mundo.

Y ahora, a esperar la película.

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Fallo los Premios Seléucidas 2009

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5 comentarios 31 de Diciembre de 2009 a las 7:13 GMT+1 seleucus

Un año más, un jurado compuesto por el abajo firmante (es un decir) falla los premios literarios de este blog. Os recuerdo que tienen que ser novedades en la medida de lo posible, y el gran problema es que no caen tantas en mis manos. Además, en dos categorías el autor tiene que estar vivo: en la de Litteraturæ Magister (dado a uno de los grandes que nunca recibirá el Nobel) y en la de Mejor Autor. En el resto de casos, los escritores pueden estar esperándonos en los Campos Elíseos.

Por otro lado, el premio de este año es una foto que me costó lo suyo:

[Evidencia científica irrefutable de que los mamíferos leen, literalmente, cualquier cosa.]

Así, hecho ya el trabajo de campo, paso a dar la lista:

Litteraturæ Magister por toda una vida literaria: J.D. Salinger (Nueva York, 1919)

Mejor Autor: Christine Arnothy, por Tengo quince años y no quiero morir (Barril & Barral)

Mejor Compendio de Cuentos: Relatos de Kolimá II, de Varlam Shalámov (Minúscula)

Mejor Editorial: Galaxia Gutenberg

Mejor Novela: Los días contados, de Miklós Bánffy (Libros del Asteroide)

Mejor Otro: Nostalgia de Charlie Parker, de Robert George Reisner (Global Rhythm Press)

Mejor Traducción: Xavier Roca-Ferrer, por El viaje de Shakespeare, de Léon Daudet (Barril & Barral)

Mejor Volumen: El rival de Prometeo, de varios autores (Impedimenta)

Premios Seléucidas 2009 a la Decadencia

Cubierta Más Espantosa: El amante, de Nicole Jordan (Esencia, Grupo Planeta)

Novela Más Impresentable: La mano de Fátima, de Ildefonso Falcones (Grijalbo)

Peor Frase Publicitaria: “El más exacto rigor histórico, talento narrativo y poder de la autora como creadora de atmósferas prenderán la atención del lector para conducirlo sin pausa hasta el final. Una excelente novela”, por José Saramago en La casa de los siete pecados, de Mari Pau Domínguez (Grijalbo)

Accésit al Desastre Estético Más Lamentable: Mapa de los sonidos de Tokio, de Isabel Coixet (Tusquets)

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Los días contados, de Miklós Bánffy

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4 comentarios 18 de Diciembre de 2009 a las 7:54 GMT+1 seleucus

La encomiable labor editorial de Luis Solano al frente de Libros del Asteroide lo ha llevado a publicar la primera parte de la "Trilogía transilvana" de Miklós Bánffy (1873-1950), muy conocido en su casa a las horas de comer, como decía mi abuela (normal: los comunistas prohibieron sus obras y en nuestro lado no se le hizo ni caso). Seguirán Las almas juzgadas y El reino dividido. En otras palabras: la caída del Imperio Austrohúngaro. Y es que no todos contraatacan.

Bánffy llegó a ocupar la cartera de no sé qué ministerio, y parte de la gracia de la novela radica en su aproximación totalmente realista a los entresijos de la política austrohúngara, especialmente durante los primeros años del siglo XX, tiempo en que transcurre la acción. Mencionaré además que sacaba 27 años a Sándor Márai y 18 a Lajos Zilahy. Después de haber leído a los tres, parece evidente que la pasión literaria de estos dos por las sagas familiares húngaras tiene una raíz clara en Bánffy, maestro a la hora de narrar la hungaridad, por llamarla así, a través de las descripciones costumbristas de unas elites culturales y económicas que tienen, precisamente, los días contados. La Primera Guerra Mundial llama a la puerta y barrerá con todo, Imperio incluido, de modo que los supervivientes de las aristocracias defenestradas, sin tener aún a la vista la llegada del comunismo que terminaría sembrando la tierra de sal, acabarán sumidos en la invisibilidad que suplicaba Ian McKellen en Gods and Monsters. Hungría, la patria de Liszt según las fronteras de la época (hoy es Austria), convertida en uno de los núcleos del porno europeo actual. Vivir para ver.

Traducción, en algunos aspectos mejorable, de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Gaviño, y prólogo correctísimo de Mercedes Monmany. Se recomienda leerlo como epílogo.

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Segunda versión cinematográfica de Flowers for Algernon

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5 comentarios 3 de Diciembre de 2009 a las 8:28 GMT+1 seleucus

Y tercera si contamos una que se hizo para televisión. Esta nueva plasmación del clásico de ciencia ficción de Daniel Keyes tendrá como protagonista a Will Smith, por lo que leo en Extracine.

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Romanticismo y realismo en Lérmontov

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4 comentarios 1 de Diciembre de 2009 a las 7:23 GMT+1 seleucus

La semana pasada, al reseñar Un héroe de nuestro tiempo, toqué brevemente el atisbo de transición de romanticismo a realismo que quizá esté presente en Lérmontov. Profundizando en el asunto, refiero un pasaje muy divertido que el autor pone en boca del protagonista, Pechorin, quien se está preparando para satisfacer su honor a través de un duelo:

"Doctor, ¿quiere que le muestre mi alma al desnudo? –le respondí–. Mire, ya estoy fuera de esa edad en que se muere con el nombre de la amada en los labios y legando a un amigo un mechón de cabellos engominados o sin engominar. Pensando en la muerte, próxima y posible, pienso solamente en mí mismo; otros no hacen ni siquiera eso. Los amigos me olvidarán mañana o, peor aún, contarán de mí Dios sabe qué infundios. Las mujeres, abrazando a otro, se reirán de mí, para no despertar celos hacia el difunto." [Páginas 211-212, traducción de Luis Abollado Vargas.]

Dice mucho de Lérmontov que plasmase, ya en aquellos tiempos, la decadencia de la imaginería romántica en términos de nombres susurrados durante la agonía postrera o pelos horteramente engominados, como los llevan tantos políticos españoles. Puesto a susurrar, y no a caballos, me quedo con "Rosebud".

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El prólogo como epílogo

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2 comentarios 26 de Noviembre de 2009 a las 7:54 GMT+1 seleucus

Hablando acerca de no sé qué con un amigo, se me adelantó en lo que le iba a confesar: si el prólogo de un libro es largo, lo leo al final. Es decir, lo tomo como epílogo. Prefiero entrar a todo trapo, extraer mis conclusiones y confrontar a la postre con lo que el prologuista haya aseverado.

De ahí que me hiciera gracia encontrar estas palabras de Lérmontov en el prólogo a su propia novela Un héroe de nuestro tiempo:

"El prólogo es, a un tiempo, lo primero y lo último de todo libro. Tiende a explicar el objetivo de la obra, o bien a justificarla y a responder a la crítica. Pero el propósito moral y las diatribas periodísticas suelen tener sin cuidado a los lectores. De ahí que no lean los prólogos." [Página 27, traducción de Luis Abollado Vargas]

El texto continúa con una brillantez destacable, pero quien quiera más, ya sabe qué debe hacer. Editorial Nórdica y 16,5€.

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“El Cáucaso como imagen literaria en Lérmontov”, por Robert Lozinski

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4 comentarios 25 de Noviembre de 2009 a las 8:21 GMT+1 seleucus

El moldavo Robert Lozinski (nacido en la URSS en 1970), Doctor en Filología Hispánica, profesor de lengua española en Bucarest y autor de la novela negra La ruleta chechena (Rey Lear), culmina mi entrada de ayer con una reflexión acerca de la relación entre Mijaíl Lérmontov y el Cáucaso:

El Cáucaso era el ambiente ideal para abordar temas románticos: una guerra (o sea, aventura), una causa por la cual luchar y un paisaje de escarpadas montañas, negros barrancos y nevadas cimas que hacen soñar a uno. O puede ser el lugar ideal para morir románticamente, con un duelo que debe desarrollarse necesariamente al borde de un precipicio. De esta manera, el destino del perdedor queda sellado.

Lérmontov, el autor de Un héroe de nuestro tiempo, libro concebido durante su estancia como militar en el Cáucaso, era consciente de la precariedad de la condición humana, tomándose a sí mismo como prototipo. Honrado, no pretendía engañar al público con una pluma fría, falta de vida, sino que jugaba siempre con las pistolas cargadas.

Al principio parecía que los astros le eran favorables: familia medianamente acomodada, que lo rodeó desde niño de valores culturales muy sólidos, y una supuesta ascendencia inglesa (Lermount). Pero era un muchacho un poco feo y físicamente frágil, pareciendo un junco a punto de romperse. No debía ser así un hombre en la marcial sociedad rusa de la época. Tuvo que soportar las burlas de sus compañeros y comerse los bollos con serrín que le preparaban a escondidas las chicas, una especie de "vete a hacer puñetas" (con perdón) pero a lo ruso. Ese rechazo femenino lo marcó profundamente. De tantas decepciones acumuladas nacería más tarde Pechorin, el cínico, el maltratador de corazones femeninos, el que se burla de la estupidez y flaqueza masculinas, el que es capaz de aguantar con sangre fría el desenlace de un duelo. Es el protagonista de Un héroe de nuestro tiempo, personaje antológico y muy criticado en la época ya que se veía en él al propio Lérmontov. ¿Egocentrismo?

Lérmontov se vio obligado a aclararlo en un prefacio a la segunda edición, donde, con muchos rodeos lingüísticos, expresó su hastío más profundo.

Como persona, Lérmontov nunca maduró lo suficiente para superar los antiguos fracasos y desengaños. Solía ponerse artificialmente insoportable cada vez que participaba en algún baile de sociedad, dirigiendo flechas envenenadas y comentarios maliciosos desde el rincón donde se recluía. Pero no era un bellaco cualquiera, sino más bien un chiquillo malvado que jugaba a ponerse pesado. Por desgracia, uno de estos jueguitos acabaría costándole la vida. En el duelo, Lérmontov disparó al aire mientras que Martynov, el rival ultrajado, le dio en el pecho. Tenía 26 años.

Hay algo de Lérmontov en mi novela La ruleta chechena. Por ejemplo, el detalle de la caída de la carta en el juego (que da título al libro) similar a la ruleta rusa, plasmado por aquél en el capítulo "El Fatalista". Allí, Vúlich, un oficial serbio, coge al azar una pistola y se la dispara a la cabeza sin saber si está cargada o no.

–Cosas del destino –admite Pechorin, que es único que observa en la frente del serbio el singular sello que le ha estampado de antemano la Señora Muerte.
–Si no ha sido ahora va a ser más tarde, acaso esta noche –sentencia con cinismo.

Como si quisiera decirle que con algo así no hay que jugar. El presagio se cumple, Vúlich acaba sableado por un cosaco juerguista. La muerte, por tanto, no siempre es un espectáculo sublime.

El libro de Lérmontov ofrece además espléndidas descripciones de paisajes, nos presenta costumbres y tradiciones de la zona, y nos describe armas blancas y de fuego que se usaban en esa época.

Otra obra que nos ayuda a conocer el Cáucaso de la primera mitad del siglo XIX es El viaje a Arzrum de Alexandr Pushkin. En el conjunto de su creación literaria no es una obra muy importante, un motivo más para agradecer el esfuerzo de haberla traducido y publicado en español.

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