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13 de junio de 2010 a las 21:00 GMT+1
seleucus
Recordando a Mariano José de Larra a través de la novela El corzo herido de muerte, de Antonio Priante.
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14 de abril de 2010 a las 7:31 GMT+1
seleucus
Antonio Priante, autor de El corzo herido de muerte, una novela magistral con Larra de protagonista, nos regala este artículo.
LARRA ÍNTIMO
SUICIDA... ¿POR QUÉ?
El año del bicentenario de Mariano José de Larra no ha sido muy generoso en conmemoraciones. En absoluto en Barcelona, de donde procedía el escritor por línea paterna (Langelot era el segundo apellido del padre). En Madrid y otros lugares sí ha sido objeto de ciertas celebraciones y homenajes, y algunas revistas literarias le han dedicado artículos especiales. Pero lo cierto es que el ambiente no recuerda nada al de hace un siglo, cuando la periodista Carmen de Burgos pudo escribir: "En Fígaro [Larra] hay una fuerza que le mantiene siempre vivo y joven cerca de nosotros… Larra no envejece como los otros; Larra conserva su prestigio de escritor, su prestigio de hombre y hasta su prestigio de suicida. Es eternamente joven, eternamente original."
Quizá es lo que mejor conserva en estos momentos: su prestigio de suicida. Y se comprende. La España de hoy poco tiene que ver con la España de los años treinta del siglo XIX (excepto por algún problema en el norte, que entonces se llamaba carlismo, y alguna cosita más), así que lo que dijo el escritor, el periodista de actualidad, poco importa ya (por más que muchos insistan en colocarnos como sea su "vuelva usted mañana"). En cambio, la persona, el hombre aureolado por el fogonazo del disparo final, conserva todo su atractivo romántico. Pero ¿quién era esa persona? ¿Cómo era el hombre llamado Larra cuando no ejercía de corrosivo fustigador de los vicios públicos?
"El carácter moral de este escritor consiste en ser excesivamente generoso, desprendido de todo interés, ambicioso de gloria, muy amante de su patria, cariñoso con sus padres, buen amigo, bastante enamorado, algo orgulloso, noble en sus maneras y porte, aficionado a la alta sociedad y muy estudioso."
Es posible que no haya descripción más ajustada y verdadera del carácter de Larra que la contenida en estas líneas escritas por su tío Eugenio. El joven Larra tenía en el hermano de su padre a un amigo y un confidente. Hubo entre los dos una especial relación de cariño, y el tío pudo escribir tan acertadamente del sobrino porque le quería, y querer bien a una persona es la única manera segura de conocerla. Un par de siglos después alguien podrá retratar a Larra como una especie de enano egoísta y acosador de mujeres, contradiciendo la clara imagen que nos dejó don Eugenio. No hay que tenerlo en cuenta. Son cosas que se cuecen al calor del prejuicio (feminista en este caso) y la ignorancia.
Pero suicida, ¿por qué? La vieja polémica sigue hoy viva con sus dos líneas de argumentación enfrentadas: la cívica o política, que nos habla de su frustración y abatimiento ante la situación de España, y la romántica o novelesca, que pone el énfasis en el fracaso amoroso. Quizá ambas se equivoquen, quizás ambas no tengan en cuenta un factor previo a cualquier lance social o amoroso. Me refiero a su constante y arraigado sentimiento de vacío, que sólo una pasión poderosa podía vencer.
Existe, claro, la tentación de explicar este vacío como la consecuencia de determinados acontecimientos vitales: el fracaso político, el fracaso amoroso. Pero no hay que caer en la tentación. Las vicisitudes no marcan el carácter; es el carácter el que se expresa a través de las vicisitudes. Yo creo que, en Larra, el sentimiento de vacío no es consecuencia de ciertas experiencias vitales, sino, al contrario, el modo en que experimenta la vida es consecuencia de su sentimiento de vacío.
Que el sentimiento de vacío es en Larra anterior a toda experiencia quizá lo pruebe este párrafo de "El Café", escrito en febrero de 1828, poco antes de cumplir 19 años (y si alguien alega que a esa edad ya contaba con la supuesta decepción amorosa y filial de sus 16 años, atención a mis cursivas):
"Seguí quejándome hasta mi casa sin ninguna gana de reir de mis observaciones como en otros días, aunque siempre convencido de que el hombre vive de ilusiones y según las circunstancias, y sólo al meterme en la cama, después de apagar mi luz y conciliar el sueño confesé como acostumbro: 'Éste es el único que no es quimera en este mundo'."
La vida es un entramado de ilusiones sobre circunstancias cambiantes. Sólo el sueño es verdad. El sueño, imagen de la muerte.
Así, cuando a los 26 años, en pleno conflicto amoroso, escribe "allí donde está el mal, allí está la verdad. Lo malo es lo cierto. Sólo los bienes son ilusión" ("La sociedad", 16-1-1835), no hace sino manifestar, propiciado por las circunstancias, lo que desde siempre ha sabido.
Si, como es cierto, todo hecho es efecto de una serie de causas, el suicidio de Larra hubo de tener forzosamente las suyas, puesto que nada es gratuito ni se produce ex novo en la naturaleza (incluida la naturaleza humana). Pero ocurre que los que buscan las causas de este tipo de hechos -los actos humanos- suelen olvidarse de la fundamental: el carácter del individuo. El carácter no como algo forjado por las circunstancias, el ambiente, la educación, no, el carácter de verdad, originario, congénito, eso que nada ni nadie puede cambiar, aunque pueda manifestarse de diferentes maneras según los motivos que las circunstancias le ofrecen.
En el carácter de Larra -como en el de cada cual- se hallaba esbozado su destino. Sólo unas circunstancias extremadamente favorables hubieran podido darle una forma menos trágica.
Pero esas circunstancias no se dieron. Al contrario. El gran amor que pudo salvarlo resultó ser un espejismo del enamorado. Fue entonces cuando, sin pensarlo, Larra se abandonó a su destino.
"Sólo un Dios y un Dios Todopoderoso podía hacer amar una cosa como la vida." (Larra, “La vida de Madrid”, 12-12-1834.)
Antonio Priante, julio de 2009
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3 de marzo de 2010 a las 7:04 GMT+1
seleucus
Antonio Priante, autor de las novelas El silencio de Goethe y El corzo herido de muerte, irá colgando en Scribd uno de sus textos inéditos, Mundo, Demonio y Fausto. El primer capítulo está a disposición de todos, y veo que acaba de colgar el segundo.
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15 de enero de 2010 a las 6:54 GMT+1
seleucus
Como ya dije de la lista que La Vanguardia presentó de las cincuenta mejores películas de esta década primera, seguiré la corriente a pesar de que aún no hayamos pasado a la segunda y comentaré la jugada. Esta vez, en internet sólo he encontrado los que son, a juicio de los críticos literarios de ese mismo diario, los diez mejores libros del inicio del siglo XXI. Huelga decir que tengo la edición en papel (28-12-2009) para llenar los huecos, dado que esta lista también llega hasta la posición quincuagésima, y mezcla imprudentemente ensayo con novela y lo que haga falta. Mal hecho. Me centraré sólo en la categoría de novela, que ya da para cincuenta. Por cierto, deduzco por la presencia de Vida y destino, de Vasili Grossman, que si la novela no se ha escrito en los últimos diez años, tiene que haberse publicado, al menos, bajo forma de versión definitiva en lengua española en este período. Un criterio un poco raro, pero si esto es lo que hay, al menos lo aprovecharé sin escrúpulos.
Lo primero que llama la atención es que declaren explícitamente que han querido tratar la lengua catalana igual que las otras. Gracias, lo daba por descontado, y precisamente porque lo dicen me da que algo ha ido mal. Con un vistazo es evidente. Según La Vanguardia, de los diez libros mejores o más importantes publicados como novedad en todo el mundo, en todas las lenguas y en los últimos diez años, dos se han escrito en catalán. ¿No exageramos un pelín? Yo aceptaría uno y sólo si fuera La pell freda (La piel fría), de Albert Sánchez Piñol, pero tal obra maestra está en la posición vigésimo novena, por detrás de La sombra del viento. En serio. La han metido en la lista. Ya puestos a no cortarse un pelo, que coloquen La enfermera de Brunete, de Manuel Maristany.
Los aciertos no tapan los errores. Está el insigne Philip Roth (La mancha humana) con un libro pero Baltasar Porcel con dos. Están escritores conocidos que, a pesar de que no me convenzan, acepto en la lista en un momento de debilidad (Murakami y Coetzee), pero varios libros de un asunto que ya me ha saturado: la Guerra Civil Española. Vale ya, ¿no? Tu rostro mañana, de Javier Marías; Soldados de Salamina, de Javier Cercas; Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez; Dientes de leche, de Ignacio Matínez de Pisón. ¿Esto es una lista que refleja los libros de la década en todas las lenguas en todo el mundo, o una paletada localista? ¿Bromean?
Como hice el otro día con las películas, doy alternativas de primer nivel, hasta donde llego y he leído:
Europa Central, de William T. Vollmann (Mondadori)
Waltenberg, de Hédi Kaddour (Edhasa)
El camino del norte, de Horacio Vázquez-Rial (La otra orilla)
Negro, de Olivier Pauvert (Mondadori)
El labrador de aguas, de Huda Barakat (La otra orilla)
Los crímenes de Oxford, de Guillermo Martínez (Destino)
En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano (Anagrama)
La ciencia del adiós, de Elisabetta Rasy (Alianza)
La mujer que esperaba, de Andreï Makine (Tusquets)
Lila, Lila, de Martin Suter (Anagrama)
El Ministerio del Dolor, de Dubravka Ugrešić (Anagrama)
El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer, de Antonio Priante (Cahoba)
Yendo un poco más allá y para acabar, pondré novela griega, inexistente en la lista de La Vanguardia. Porque, aunque parezca mentira, en Grecia se produce literatura de primer nivel e incluso se publican libros. En serio. Papel, tinta, etc. Libros de verdad, no de gominola. Ahí van tres que ya tienen años pero que se han publicado hace poco. Si está Vida y destino, que es del siglo pasado, no veo por qué no van a estar éstos:
Viaje con Venus, de Ánguelos Terzakis (traducción mía en Rey Lear)
Gioconda, de Nikos Kokantzis (de momento, sólo en catalán y en la editorial Pagès)
L'assassina, de Aléxandros Papadiamandis (de momento, sólo en catalán y en las editoriales Adesiara y El Tall)
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26 de agosto de 2009 a las 7:00 GMT+1
seleucus
Novelita alucinante, entre lo onírico y lo feérico, de 154 páginas tan inolvidables como aparentemente triviales: solterón visita un balneario por recomendación médica; solterón conoce a jovencita; amor que aparece paulatinamente; el resto es obvio. Aplausos y baja el telón.
Con este volumen, aparecido el verano de 2008, la editorial Impedimenta continuaba con su apuesta por la calidad en tiempos de pelotazos pseudoliterarios basados en más Zafones que Zidanes (¿o eran Pavones?). Y es que no hay que tener miedo ni dejarse arrastrar por las corrientes. Que hay lectores para estas obras lo demuestra que El sendero en el bosque agotara con cierta rapidez el primer tiraje de 2.000 ejemplares.
Es curioso que el escritor Antonio Priante y yo coincidiéramos en una observación. En la solapa se lee que:
"Adalbert Stifter nació en la pequeña ciudad mercantil de Oberplan (actualmente Horní Planá, en Chequia) en 1805. Fue el mayor de los hijos de Johan Stifter, que murió en 1817 aplastado por un tren."
¿No querrá decir "arrollado" por un tren? Con el verbo 'aplastar' lo que uno entiende es que su padre estaba junto a un tren que volcó. Más o menos como en ese capítulo de Los Simpson en que un tractor vuelca y aplasta a Homer cada vez que éste se le acerca.
Traducción de Carlos d'Ors Führer. En serio.
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8 de abril de 2009 a las 7:53 GMT+1
seleucus
Basándome en las experiencias de mis amigos profesores, y redondeando lo dicho ayer acerca de las malas elecciones como lectura obligatoria en ESO y Bachillerato (aunque me centre en el currículo español, es extrapolable a otros países), menciono algunos libros que son óptimos para menores de edad. Unos son los de toda la vida, otros no, pero todos tienen en común que son literatura pata negra, muy alejada de la bazofia al uso. Por orden:
ESO +12 años
Constandina y las telarañas, de Alki Zei, Lóguez (traducción catalana mía: La Konstantina i les teranyines, Cruïlla; me disculparéis que barra para dentro)
La pulga de acero, de Nikolái Leskov (Impedimenta)
ESO +14 años
Viaje con Venus, de Ánguelos Terzakis (Rey Lear, otra traducción mía)
La mujer que esperaba, de Andreï Makine (Tusquets)
El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger (no sé por qué traducen 'in' por 'entre')
El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde
Un mundo feliz, de Aldous Huxley
Bachillerato
El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer, de Antonio Priante (Cahoba)
El ministerio del dolor, de Dubravka Ugrešić (Anagrama)
1984, de George Orwell
Soy leyenda, de Richard Matheson
Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski
El camino del norte, de Horacio Vázquez-Rial (La otra orilla)
Relatos de Kolimá I, de Varlam Shalámov (Minúscula)
Fahrenheit 451, de Ray Bradbury
Y al margen de esa división por edades, aludo a una novela ideal para los alumnos interesados en las matemáticas: El tío Petros y la conjetura de Goldbach, de Apóstolos Doxiadis. Hay, o había si no se ha agotado ya, traducción catalana.
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27 de mayo de 2008 a las 6:31 GMT+1
seleucus
Antonio Priante me ha pasado un texto que escribió después de que la editorial Cahoba le publicase su obra maestra El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer. Se divide en cuatro partes donde se presentan consideraciones de diversa índole. Os las voy a suministrar en cuatro dosis. Aquí la primera:
1. ARTE Y REALIDAD
Se ha dicho que el personaje de la novela es más un arquetipo que el reflejo fiel del que pudo ser el Schopenhauer real. Estoy absolutamente de acuerdo: el personaje de la novela es un arquetipo y no es ni puede ser un fiel reflejo de algo real. Por la sencilla razón de que es un producto artístico, y un producto artístico no es nunca un reflejo fiel de nada. Para reflejos fieles, los espejos (aunque tienen la buena idea de invertir las imágenes), las fotografías mecánicas y las películas, dramas y series televisivas realistas, es decir, de esas “que encuentran la vida cruda y la dejan sin hacer” (O. Wilde). Sí, toda creación verdaderamente artística es autónoma respecto a la realidad. La realidad puede ser tomada como referencia lejana, como materia prima para desbastar y utilizar, pero el objeto y fundamento del arte es siempre el arte, es decir, la plasmación de la Idea que la naturaleza apunta pero que es incapaz de realizar. Para aclarar más este concepto mío (y de Schopenhauer y de Goethe, ¡en algo estaban de acuerdo!) recomiendo la lectura de la página 121 del libro.
Lo que ocurre es que, cuando se trata de personajes de pura ficción (o legendarios, que casi es lo mismo), el hecho de que sean arquetipos (piénsese en Don Quijote, Werther, Don Juan, Fausto, Raskólnikov, etc.), no plantea ningún problema. En cambio, cuando el personaje arranca de cierto individuo que vivió realmente (el Julio César de Shakespeare, el Adriano de Yourcenar, el Schopenhauer de éste que escribe) se plantea naturalmente el problema de si debe o no ser, en la novela, un fiel reflejo de lo que fue en la vida.
Sobre “si debe”, las respuestas pueden ser varias; sobre “si es”, para mí, sólo hay una respuesta verdadera: no, no es ni puede ser un fiel reflejo, no puede haber una correspondencia exacta entre el personaje de la novela y el ser vivo que existió en otro tiempo. El novelista debe descubrir la Idea del personaje, no sus funciones neurovegetativas o su agenda diaria.
Pero en todo esto hay una paradoja. Y es que el escritor ha de crear la obra como si eso (lo que acabo de negar) fuese posible. Ha de imbuirse de la personalidad del novelado, llegando en cierto modo a ser él mismo. Esto es lo que yo hago, lo que yo hice en esta novela, sabiendo sin embargo que el producto no sería una fotocopia de Schopenhauer, sino una obra de arte...
Y para seguir con el tono antimodesto de este comentario, voy a citarme. Lo que sigue es un párrafo de una conferencia que pronuncié sobre la novela histórica (centrada en la antigüedad clásica):
“Pero ocurre que una novela no es ni puede ser una reconstrucción histórica, no puede pretender un resultado de máxima fidelidad al carácter del personaje histórico y a la realidad de los acontecimientos. Si muy poco podemos saber de la vida verdadera del vecino de enfrente, ¿cómo nos atreveríamos a decir que, sobre la base de los cuatro papeles que nos dejó escritos, hemos reproducido con exactitud las vivencias y sentimientos de una persona muerta hace dos mil años? Es ésta una tarea imposible. Yourcernar confiesa haberlo intentado. Pero nadie sabrá nunca si lo ha conseguido. Quiero decir que sabemos que su Memorias de Adriano es una obra maestra, pero nunca sabremos si el Adriano que gobernó Roma se reconocería en ella.”
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Etiquetas: Antonio Priante, Goethe, Oscar Wilde, Schopenhauer, Shakespeare
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9 de julio de 2007 a las 7:44 GMT+1
seleucus
¿Hartos de bazofia literaria? ¿Que no sabéis qué leer mientras os agostáis en la playa o los mosquitos os devoran en la montaña? Aquí tenéis un resumen de lo que he recomendado hasta ahora. Pongo epígrafes improvisados para orientar mínimamente:
Biografía sexual: Proust enamorado, de William C. Carter (Belacqua)
Ciencia ficción con alienígenas hostiles: El juego de Ender, de Orson Scott Card (Punto de Lectura)
Ciencia ficción espacial: Solaris, de Stanislaw Lem
Ciencia ficción terrícola: Flores para Algernon, de Daniel Keyes
Cuentos: Relatos, de Henryk Sienkiewicz (Cátedra)
De uno de nuestros autores: Subnormal, de Sergi Puertas (El Cobre)
Distopía: Negro, de Olivier Pauvert (Mondadori)
Epistolar: De Profundis, de Oscar Wilde (Siruela)
Novela biográfica: El soldado de porcelana, de Horacio Vázquez-Rial (Roca)
Novela china corta: Triste vida, de Chi Li (Belacqua)
Novela corta rara: Navidad y Matanza, de Carlos Labbé (Periférica)
Novela histórica atípica: El corzo herido de muerte, de Antonio Priante (Cahoba)
Policíaca rara: Bajo los vientos de Neptuno, de Fred Vargas (Siruela)
Policíaca clásica: Los minutos negros, de Martín Solares (Mondadori)
Cuidado con las medusas y la literatura de aeropuerto.
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