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23 de agosto de 2010 a las 7:32 GMT+1
seleucus
Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939) tiene, por lo que veo, varios volúmenes publicados en Acantilado. Conozco su faceta como crítico literario en La Vanguardia, y nunca me ha entusiasmado. Sin embargo, con este volumen descubro dos cosas interesantes: que enseña (o enseñaba) literatura en lengua española en la University of Westminster de Londres y que es mejor narrador que crítico.
La noche de la conspiración de la pólvora en un librito de poco más de 200 páginas donde encontramos veinte relatos, todos con el nexo común de la memoria, sea en forma de evocación de la infancia, sea estructurada alrededor de reminiscencias de la Guerra Civil española (qué original). Si el asunto se alargara mucho, cansaría, pero afortunadamente los tiempos están bien medidos. Las percepciones subjetivas, base de los cuentos, justifican hasta cierto punto determinadas referencias, un tanto repetitivas, al sexo y a lo escatológico (en sentido no teológico), aunque en mi opinión se le ha ido la mano.
Lo meto en "Recomendaciones literarias" por los pelos. A pesar de todo, tiene más virtudes que defectos.
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6 de noviembre de 2009 a las 7:44 GMT+1
seleucus
El jueves 5 de noviembre se hizo público el ganador del premio dado por los libreros catalanes. Se trata de Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, publicado por Acantilado en español y Viena en catalán. Más información en el blog de la empresa de comunicación Monmar.
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24 de septiembre de 2009 a las 7:19 GMT+1
seleucus
Me llega por la empresa Monmar la lista de finalistas del Premi Llibreter de este año, que concede el Gremi de Llibreters de Barcelona i Catalunya (ahora me entero de que Barcelona y Cataluña van por separado). Por si alguien se ha perdido, es el premio que los libreros catalanes dan a los libros que más les gustan. Si estar entre los candidatos hace que aumenten las ventas, ganar es ya la bomba, palabra que no hay que pronunciar nunca en un avión.
Los finalistas de este año son: Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson (Acantilado en español y Viena en catalán); Olor de colònia, de Sílvia Alcántara (Edicions de 1984); Les edats perdudes, de Judit Pujadó (Empúries); En lugar seguro, de Wallace Stegner (Libros del Asteroide); y Tanta gente sola, de Juan Bonilla (Seix Barral).
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19 de septiembre de 2008 a las 7:33 GMT+1
seleucus
En sentido estricto, toda literatura pretende ser comercial a partir del momento en que estamos en un sistema de mercado más o menos libre donde compras lo que quieres. Incluso quien publica a Dostoievski aspira a vender bien, aunque las cifras no vayan a acercarse a las de Dan Brown ni en broma. Se me objetará que muchos escritores tienen miras más altas. Responderé que eso es lo que dicen en las entrevistas para hacerse los listos, porque todo el mundo prefiere vender veinte mil ejemplares a dos mil, aunque los compradores sean lectores incapaces de comprender la supuesta "profundidad intelectual" de la obra en cuestión. Además, estoy de acuerdo con Adorno cuando decía que el autor tiene menos dominio del que cree sobre la percepción que su obra causará en el receptor. De modo que, al final, escribir para un tipo de público determinado no tiene ningún sentido, como tampoco escribir para uno mismo. Lo que hay que hacer es escribir bien, y punto.
Eso no quiere decir que, a la hora de la verdad, todas las editoriales y algunos escritores no enfoquen su negocio hacia un tipo de público determinado. Acantilado ya sabe que Amor y basura, de Klíma, no va dirigido al público que lee a la plasta de Susanna Tamaro, como Planeta sabe que no hace falta revisar determinadas novelas mal escritas y mal editadas porque el nivel de exigencia literaria de su público es tan bajo que los errores van a pasar desapercibidos. Nunca olvidaré lo que me dijo una editora: "Lo que nos planteas es demasiado literario. Nosotros vamos a lo que vamos." (Léase: buscamos novelas de encefalograma plano para forrarnos.) Y me parece bien. Al menos fue honesta, cosa que no se puede decir de todo el mundo.
La literatura como evasión no sólo no tiene nada de malo ontológica ni estéticamente sino que es el origen mismo de la novela. Una de las primeras novelas escritas, si no la primera, es El asno de oro de Lucio Apuleyo (siglo II), una obra maestra de la distracción, humorística y más moderna que la mitad de lo que se escribe hoy día (es cuestión de leerla bien traducida, por supuesto, o en latín directamente). E.T.A. Hoffmann era un maestro de la evasión, como también Bram Stoker, autores muy comerciales que no por eso dejaban de atesorar una altura literaria considerable. Y es que, a la postre, se puede escribir alta literatura que sea también comercial. No es el caso de Zafón y su retahíla de novelas ilegibles, por más que sus defensores no hayan entendido ni vayan a entender nada de lo que algunos llevamos tiempo exponiendo: que si se ha creado una escisión ficticia entre lo comercial y lo literario es porque así lo ha querido el público al comprar lo que compra. Existe mala literatura porque hay demanda de productos de mala calidad. Así de fácil.
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18 de septiembre de 2008 a las 7:28 GMT+1
seleucus
Gran pregunta. En una cena profesional, un editor y un escritor me dijeron que un estudio serio los había cifrado en 8.000. Será muy serio, pero me parece muy poco, y sin dejar de ser consciente de que la cantidad y calidad de la literatura que se lee en España es baja en relación con Alemania, Italia o Argentina. Como dice ese mismo editor, en el Reino Unido siempre te darán las gracias si regalas un libro, aunque el obsequiado no se lo vaya a leer ni en broma, mientras que en España te puedes topar con la frase "pero si yo no leo".
A lo que iba con la cifra de marras. Me parece errónea. Claro que primero deberíamos definir qué es la alta literatura. Con todo, mejor paso a los ejemplos directamente, como hacía Aristóteles. Si por "lector del alta literatura" entendemos el individuo que, teletransportado de súbito a una librería con 20€ en el bolsillo, nunca se comprará La enfermera de Brunete o El Código Da Vinci pero sí los Relatos de Kipling que ha publicado recientemente la editorial Acantilado, o los Microgramas de Robert Walser publicados a la sazón (que no a la zafón) por la editorial Siruela, estoy seguro de que el número es superior a 8.000. De hecho, una obra cumbre del siglo XX, Vida y destino de Grossman, ha vendido unos 200.000 ejemplares entre 2007 y 2008. Por supuesto, existen lectores cruzados, es decir, que tan pronto leen una cosa como otra, pero dudo que sean muchos. En suma, que mi estimación para España es del 0'1% de la población. Es decir, 46.000 lectores potenciales de alta literatura sobre un total de 46 millones de habitantes. Esa cifra potencial (no actual) me parece mucho más ajustada a la realidad demográfica y cultural del país, y más capaz de explicar que algunos títulos de calidad (pocos, desgraciadamente) se planten de súbito en los 200.000 ejemplares.
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21 de abril de 2008 a las 6:31 GMT+1
seleucus
Más conocido en Cataluña por Sant Jordi, o sea, San Jorge. Las ventas de libros en Cataluña se dispararán pasado mañana. Comprarán incluso quienes no leen, que ya es decir, impelidos por los descuentos que ofrecen las librerías y por la cosa esa de "no quedar mal". Algo similar sucederá en otras partes, principalmente Madrid (creo), pero a otra escala.
Dado que ir de compras literarias a ciegas va a ser un suicidio este próximo miércoles, voy a hacer unas cuantas recomendaciones para aquéllos que anden tan perdidos que se vean obligados a tener en cuenta los puntos de vista de un analfabeto funcional como yo. Pongo epígrafes a vuela pluma, recapitulando algunos de los libros que he tratado desde diciembre, cuando redacté las recomendaciones literarias de Navidad y Reyes.
Cartas de viajes: La vida en México, de Frances Erskine Inglis (Rey Lear)
Clásico contemporáneo serbocroata: El Kapo, de Alexandar Tišma (Acantilado)
Cuentos: Los amantes de Toledo y otras historias insólitas, de Villiers de l'Isle-Adam (El Cobre)
De la editorial que nos patrocina en 2008: La luz que se apaga, de Rudyard Kipling (El Cobre)
De un grande fenecido el año pasado: El castillo en el bosque, de Norman Mailer (Anagrama)
De una exiliada croata: El Ministerio del Dolor, de Dubravka Ugrešić (Anagrama)
Diario: Diario de 1945, de Joseph Goebbels (La Esfera de los Libros)
Dos novelas breves en un volumen: Help a él, de Rodolfo Enrique Fogwill (Periférica)
Drama biográfico: La ciencia del adiós, de Elisabetta Rasy (Alianza)
Edición conmemorativa de un clásico: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad (Galaxia Gutenberg)
Ensayo: Herejes, de G.K. Chesterton (El Cobre)
La primera novela del Proyecto Seléucida: El desorden, de Juan Carlos Girauta (Belacqua)
Literatura de viajes: Londres, de Henry James (Alhena)
Memorias del cerco a Sarajevo: Postales desde la tumba, de Emir Suljagić (Galaxia Gutenberg)
Micronovela: El socio, de Joseph Conrad (Artemisa)
Narración de primera mano de la Guerra de Cuba: Heridas bajo la lluvia, de Stephen Crane (Rey Lear)
Novela llevada al cine recientemente: Los crímenes de Oxford, de Guillermo Martínez (Booket)
Obra maestra rusa: La pulga de acero, de Nikolái Leskov (Impedimenta)
Shakespeare en versión cuento: El Rey Lear, de Charles Lamb (Rey Lear)
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28 de febrero de 2008 a las 7:22 GMT+1
seleucus
Nada sabía de este autor mayúsculo y, de pronto, me cayó del cielo una obra maestra de nombre tan extraño como poco comercial, Amor y basura, publicada por Acantilado, editorial donde tantos se han despeñado.
Ivan Klíma (prohibido bromear con su nombre) nació en Praga en 1931. Estuvo recluido en un campo de concentración alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Más tarde se volcó en la escritura, pero los comunistas prohibieron sus obras por considerarlo sospechoso, de manera que se vio obligado a vivir de trabajos tan alejados de su ser como el de conductor de ambulancias. Fue a los Estados Unidos para dar clases como profesor visitante en la Universidad de Michigan, y en lugar de quedarse decidió regresar a su tierra, error que pagó con más ostracismo. Escribió la presente novela entre 1983 y 1986, pero no pudo publicarla hasta 1990, una vez hubo fenecido el régimen soviético.
Un título tan curioso tiene muchos números para esconder algo, a menos que se trate de un bluf. Y no lo es. Klíma convierte al protagonista de la novela en su alter ego, y nos lleva por un viaje interior que se desdobla entre dos elementos tan antagónicos como el amor y la basura. Dicho protagonista es un obseso de Kafka (cuya figura está presente de modo explícito a lo largo de la novela), y como escritor marginado por el sistema comunista se ve forzado a trabajar de barrendero. Ésa es la excusa perfecta para que Klíma se entregue, en algunas páginas, a una disquisición de Praga similar a la que Walter Benjamin llevara a cabo acerca de París con ocasión de la revolución en la experiencia estética que comportó la aparición de los bulevares en el siglo XIX. La diferencia está en que el checo se centra en la basura como imagen de una sociedad enferma por totalitaria, y Benjamin en la revolución burguesa y mercantil.
Por lo que al amor se refiere, el protagonista vive escindido entre su mujer y madre de sus dos hijos, y su amante que lo presiona para que abandone a la legítima. Él no se decide, como tampoco se pudo decidir Kafka, perpetuamente quebrado, roto, con un pie en un arte que le exigía la entrega de su vida misma y otro en las solicitudes de compromiso matrimonial.
Novela densa, obra maestra, Klíma nos ayuda a comprender a Kafka al mismo tiempo que nos narra una parte de su propio periplo bajo forma de ficción surrealista.
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9 de febrero de 2008 a las 7:05 GMT+1
seleucus
Acantilado, siempre recuperando autores centroeuropeos tan formidables como desconocidos, publicó en 2004 esta joya de Aleksandar Tišma (1924-2003). El autor, yugoslavo de pasaporte la mayor parte de su vida (pero precisando: serbio, húngaro y judío), estuvo recluido en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, y años después escribiría el ciclo novelesco Ramas entrelazadas, siendo El Kapo una de las seis obras que lo componen.
Esta obra maestra trata de un judío que es kapo en un campo de concentración. Muchos años después, siente la necesidad de hablar con una superviviente del horror, de manera que va a su encuentro. Hasta aquí puedo leer.
Ahora bien: ¿quiénes eran los kapos? Carlos Semprún Maura lo explicó con claridad en un par de artículos en Libertad Digital, titulados “Kapos” y “Funeral Parlours”. Sintetizando: su propio hermano, Jorge Semprún Maura (escritor y Ministro de Cultura con Felipe González), fue kapo en el campo de Buchenwald. Carlos Semprún explica que la palabra 'kapo' no viene del italiano 'capo' (de la mafia), como se cree, sino del alemán "Kamerad Polizei". Y añade que:
"[…] Someramente, podría definirse así la férrea y siniestra jerarquía concentracionaria: en la cúpula claro los nazis, los SS, con derecho de vida o muerte sobre todos los deportados, y entre la masa de deportados, verdaderos esclavos, y la cúpula nazi, lo que en otras ocasiones califiqué de “subadministración”, o sea los kapos, deportados con ciertos privilegios y ventajas que les permitían comer mejor, vestir mejor, sentir menos frío, trabajar menos que la masa de cadáveres ambulantes, y sobre todo, lo más tremendo, lo que siempre ha intentado ocultarse: elegir quiénes iban a formar parte de los comandos de trabajo forzado en el exterior del campo y quiénes iban a morir la mañana siguiente, fusilados o ahorcados por los nazis." [El subrayado es suyo.]
Visto esto, conviene ver un parágrafo especialmente impactante de una esta novela, por lo demás cruda a más no poder. Es un momento en que el ex-kapo recuerda, por boca del narrador omnisciente, cómo abusaba de las reclusas, o las espiaba antes de que las asesinaran:
"Él también miraba, ¿por qué no?, aunque sabía, igual que lo sabían los SS, que todas estarían muertas al cabo de diez minutos; pero ¿cómo privarse de mirar un cuerpo soberbio, arqueado inconsciente hacia un perchero, después de los esqueletos que veía días tras día? [...]"
En medio de la sordidez de un campo de exterminio, el kapo se solaza observando con morbosidad enfermiza a las mujeres que van a pasar por las duchas de gas. Horror en grado sumo. Novela impenetrable e imprescindible.
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7 de enero de 2008 a las 7:13 GMT+1
seleucus
Los Reyes ya se han ido. Espero que no hayan dejado mucha pseudoliteratura por el camino, porque sería motivo suficiente para prohibirles la entrada en la UE el año que viene.
De todos modos, no es ninguna novedad que algunos de los libros más vendidos estas fiestas hayan sido los pésimos. Así que, para distraeros un poco, aprovecho para señalar los tres vínculos que he incorporado en la barra lateral:
Los libros más vendidos de la historia. J.K. Rowling arrasa con sus múltiples Harry Potter.
Las listas actualizadas de los superventas en los EE.UU. según el New York Times. Cambia cada semana.
Las listas pasadas de los superventas en los EE.UU. según el New York Times. Semana a semana desde 1970.
También he creado una categoría llamada "Editoriales respetables". En ella he puesto algunas de las que me gustan, colaboren o no conmigo: Periférica (no, por ahora), Cahoba (sí), etc. Sé que todas las editoriales meten la pata. La cuestión es que unas más que otras, y no voy a ocultar que la lista responde a mis afinidades electivas.
Tras las fiestas de Navidad y Reyes viene la caída abisal en ventas de libros, que no se recuperan hasta marzo. De todos modos, Belacqua publicará en febrero la novela El desorden, de Juan Carlos Girauta. Era la mejor opción temporalmente hablando, por motivos que ahora no vienen al caso. Así que adelante.
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5 de noviembre de 2007 a las 7:28 GMT+1
seleucus
Versión novelada de su propio infierno en Auschwitz y Buchenwald, esta obra maestra de Kertész (editorial Acantilado) se acaba de estrenar en cine con dos años de retraso e idéntico título: Sin destino. Mañana hablaré de la película.
El protagonista de la novela es un adolescente de quince años, alter ego de Kertész. La narración empieza así:
"Hoy no he ido a la escuela; mejor dicho, sólo fui para pedir permiso a la tutora y volver a casa. Le entregué la carta de mi padre, en la cual pedía que me dispensaran, alegando "razones familiares". Ella me preguntó cuáles eran esas razones familiares, y yo le contesté que a mi padre lo habían asignado a trabajos obligatorios. Dejó de incordiarme." [Creo que convendría decir "trabajos forzados", pero bueno...]
La familia de judíos húngaros pierde al padre, obedientemente, pensando que es un simple traslado, incapaces de imaginar lo que en realidad está sucediendo. Luego vendrá el otro traslado, el del hijo. Su inocencia es tal que lo único en que piensa cuando lo meten, inesperadamente, en un tren hacia Auschwitz es que no podrá decir a su madre que no irá a cenar. A partir de aquí, el horror y la supervivencia, la mentira que le salva la vida: declarar, al bajar del tren, que tiene dieciséis años y no quince, su edad real. Gracias a eso lo mandan a las duchas de agua en lugar de enviarlo al mismo destino que tenían las mujeres embarazadas: las duchas de gas.
Kertész plasma en una novela imprescindible lo vivido como si no lo hubiese sufrido él. Parece escrito por otra mano. Capacidad inusitada para mantener un pulso narrativo firme al margen de lo soportado en la propia carne. Racionalización de lo indecible más allá de lo imaginable. Quizás por eso no se suicidó, como tantos otros que no pudieron vivir tras Buchenwald. Como él mismo dice, hay libertad cuando no hay destino. Sin destino, sólo así pudo sobrevivir.
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