Entradas clasificadas como 'Antonio Priante'
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30 de Junio de 2008 a las 11:20 GMT+1
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Ya está lista La Virgen de las Aguas de Lefteris Panusis, novela histórica griega ambientada en el Imperio Bizantino. La publicará la editorial Ciudadela en octubre, de modo que os pongo quince páginas para abrir boca, en la pestaña superior de “Textos”.
El texto que he substituido es el primer capítulo de la novela El corzo herido de muerte, de Antonio Priante (editorial Cahoba), donde se narra el suicidio del romántico español Mariano José de Larra. No soy su agente literario, me había limitado a colgar esas primeras páginas porque la novela es casi una obra maestra y era de justicia promocionarla. Las estadísticas: ha estado 140 días disponible y ha tenido 136 descargas, lo que arroja una media de 0′97 al día.
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19 de Junio de 2008 a las 6:17 GMT+1
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La entrada se refiere principalmente a Lesbia mía, un título descatalogado en la trayectoria literaria de Priante. Al final hay una referencia a este blog. Se agradece.
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30 de Mayo de 2008 a las 6:25 GMT+1
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Cuarta parte del texto de Antonio Priante acerca de su novela El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer. La tercera se vio ayer.
4. ENCONTRAR EL ALMA
Algún profesional de la filosofía me ha preguntado si era consciente de que en mi obra exponía el pensamiento de Schopenhauer con más claridad y acierto que en la mayoría de las obras especializadas. He de responder que no, que no era consciente. Al contrario, mientras escribía la novela tenía casi la seguridad de que, cuando se publicase, iba a recibir palos de los filósofos especialistas en el tema, que descubrían infinidad de fallos que un profano como yo no podría menos que cometer. La sorpresa ha sido que, una vez publicada, los pocos especialistas que se han pronunciado lo han hecho, de manera unánime, positivamente. ¿Cuál ha sido el secreto de este extraño “prodigio”? Desde luego, no el haber recurrido a un libro determinado. Yo creo que ha habido otra razón, que trataré de exponer a la luz de la estética de Schopenhauer, y quizá con sus mismas palabras (o mías de la novela, ya no sé).
Toda creación auténtica se basa en un conocimiento verdadero, y este conocimiento tiene su origen, no en los fríos datos, sino en una percepción intuitiva en la que queda implicada toda la personalidad del sujeto cognoscente. Ha de haber una conmoción en el sujeto, un misterioso presentimiento de la tierra prometida. Es entonces cuando aquella percepción intuitiva del objeto, aún siendo momentánea e indivisible, confiere alma y vida a todo el proceso de creación de la obra por largo que éste sea, igual que la gota de un reactivo confiere a toda la solución los colores del precipitado. El núcleo fundamental de una obra de arte es una intuición objetiva, y ésta exige el aquietamiento absoluto de la voluntad (es decir, de las propias apetencias o intereses). Porque sólo entonces el artista se convierte en sujeto puro de conocimiento.
Pues bien, parece que conseguí esa “percepción intuitiva del objeto”, de manera que, habiéndome apropiado de la totalidad de la persona del filósofo, no podía errar en la exposición de su filosofía. Pero ha de quedar claro que todo esto es algo que un crítico o especialista de la literatura ni aceptará ni comprenderá. Porque ocurre que los críticos y especialistas estudian las obras de arte analizándolas, descomponiéndolas, desconstruyéndolas. No está mal, ya que así suelen llegar a algunos resultados apreciables. Lo malo es cuando se imaginan que un creador opera de la misma manera, pero al revés: juntando las piezas, componiendo el artefacto. Pues no. Es como si un estudiante de medicina, que para estudiar un cuerpo ha de diseccionarlo, desmontarlo, imaginase que la naturaleza, para formar ese cuerpo, ha operado de la misma manera: juntando las piezas. Pues no. Y es que en la mesa de operaciones no se puede encontrar el alma. Porque el alma, en las obras y en las personas, es expresión de una totalidad, que sólo se puede captar intuitivamente. Si se empieza a analizar, a separar, a trocear, se destruye esa totalidad y ya no hay manera de encontrar el alma… Claro que siempre se pueden escribir muchos tratados de cientos o miles de páginas, pero ése es otro asunto.
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29 de Mayo de 2008 a las 6:22 GMT+1
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Tercera parte del texto del escritor Antonio Priante acerca de su novela El silencio de Goethe (la segunda se vio ayer):
3. ¿NOVELA HISTÓRICA?
Algunos han considerado una virtud que la obra esté exenta de la parafernalia típica de las novelas históricas (en este caso faltarían pelucas empolvadas, candelabros, miriñaques, coches de caballo, etc.). Virtud o no, es verdad que El silencio de Goethe, igual que mis anteriores novelas, situadas todas en una época que no es la nuestra, carece de los ingredientes típicos de la llamada novela histórica, hasta el extremo de que yo no las incluiría en este género. Y es que nunca me ha interesado el decorado, sino las acciones y pasiones de los personajes. Sin embargo, a veces quisiera ser menos adusto o austero o esencialista, o como mejor se diga, y me gustaría dar un poco (sólo un poco) de color y animación a los escenarios. Pero no puedo; no sé. Así que ya hace tiempo que llegué a la conclusión de que todo eso que ahora se aplaude pudiera ser más el resultado de un defecto que el de una virtud del autor… defecto de terribles consecuencias en el mundo editorial. Ahí va un ejemplo.
Tengo una novela, escrita hace veinte años, que aunque bastantes asesores literarios han considerado de gran calidad, ninguna editorial ha querido publicar. ¿Por qué? La mayoría se limitaban a la explicación típica (no encaja en la línea, etc.). Pero dos fueron más explícitas. Dijeron que estaban dispuestas a publicar la novela siempre que introdujese algunas reformas. ¿Qué reformas? Es fácil de imaginar. Se trata de una novela ambientada en el mundo romano del siglo IV, donde se describe el enfrentamiento amistoso de dos temperamentos, dos poetas (Décimo Magno Ausonio y Paulino de Nola), que ejemplifican dos maneras de ver el mundo, escrita con mi habitual economía de efectos escénicos. ¡Inconcebible! ¿Se ha visto alguna vez una novela de romanos donde no haya circo, gladiadores, batallas, asesinatos, incestos? Así, que había que subsanar esto de alguna manera. Me negué, en ambos casos me negué. Y no sólo por dignidad, sino también y como he apuntado antes… porque no hubiese sabido cómo hacerlo. Todo lo cual demuestra algo que muchos ya sabíamos sin necesidad de demostración: que las bondades de una obra artística nada tienen que ver con los intereses de la industria y el comercio.
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28 de Mayo de 2008 a las 6:06 GMT+1
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Segunda parte del texto en que Antonio Priante discurre acerca de su novela El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer (publiqué la primera parte ayer):
2. LA CLAVE
Otra objeción que se me ha hecho es que el diálogo que el filósofo mantiene con August Becker es mucho menos creíble que el que mantiene con Eckermann. En esto tengo que dar toda la razón al crítico, sin reticencias ni ironías. Es cierto que el diálogo con August Becker no parece ni la mitad de creíble que el mantenido con Eckermann. Yo mismo me he estado preguntando por qué, y creo que al final he dado con la respuesta. Respuesta que, curiosamente (o naturalmente), se puede exponer con los términos propios de la estética schopenhaueriana.
Por si no quedaba suficientemente claro a lo largo de lo que iba escribiendo, quise crear una escena en que, de una manera viva y rotunda, quedase retratado el carácter de nuestro filósofo. Entonces supuse que Schopenhauer podría estar celoso de Eckermann por la familiaridad que éste había tenido con Goethe y que tan poco había sabido aprovechar (según mi personaje). Y los puse ahí, uno frente a otro, y dejé que se expresasen en absoluta libertad. Es decir, me abandoné a la contemplación directa del objeto, con aquietamiento absoluto de la voluntad (el interés, panfletario, de demostrar esto o aquello).
En el diálogo con August Becker la cosa fue muy diferente. Veía que la novela se estaba acabando; gracias a no sé qué extraña inspiración había solucionado el problema de que el filósofo explicase (¡a sí mismo!) su propia filosofía: contándosela a su fiel perrito en la noche de insomnio. Pero tenía algunos temas pendientes que quería aclarar: la rectificación final de su opinión sobre las mujeres, la excéntrica tipología de sus lectores (militares, mujeres, hombres de negocios, artistas), su no antisemitismo dentro del contexto de la época (mito tan difícil de erradicar), sus relaciones con Wagner, en las que curiosamente se reproducía la situación asimétrica (falta de correspondencia por parte del “maestro”) que él mismo había sufrido con Goethe… Había leído que, unos días antes de su muerte, Schopenhauer había recibido la visita de Gwiner, uno de sus “apóstoles”, con el que había pasado una tarde muy agradable, hablando de los temas más variados. Podría aprovechar esa conversación, pensé… pero no, porque de esa conversación hay constancia y, aun en el caso de que pudiese acceder a ella, no me serviría para los fines mencionados. Entonces imaginé que, por los mismos días, había tenido la visita de otro “apóstol”: el jurista Johann August Becker, con el que, además, mantenía una correspondencia, que fue publicada por el hijo de Becker. ¿Y por qué Becker, y no Frauenstädt o cualquiera de sus otros fieles? Simplemente porque Becker era jurista, como yo lo he sido, y así podía imaginármelo con intereses más fuertes que los de su oficio, como ha sido mi caso. O sea, que se podría decir que August Becker soy yo… tratando de aclarar con mi personaje algunos de los temas que teníamos pendientes. Y es ese intento de aclarar y precisar, es ese enfoque interesado, no contemplativo, el que dio un resultado menos artístico que el del diálogo con Eckermann, como muy agudamente detectó mi crítico.
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27 de Mayo de 2008 a las 6:31 GMT+1
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Antonio Priante me ha pasado un texto que escribió después de que la editorial Cahoba le publicase su obra maestra El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer. Se divide en cuatro partes donde se presentan consideraciones de diversa índole. Os las voy a suministrar en cuatro dosis. Aquí la primera:
1. ARTE Y REALIDAD
Se ha dicho que el personaje de la novela es más un arquetipo que el reflejo fiel del que pudo ser el Schopenhauer real. Estoy absolutamente de acuerdo: el personaje de la novela es un arquetipo y no es ni puede ser un fiel reflejo de algo real. Por la sencilla razón de que es un producto artístico, y un producto artístico no es nunca un reflejo fiel de nada. Para reflejos fieles, los espejos (aunque tienen la buena idea de invertir las imágenes), las fotografías mecánicas y las películas, dramas y series televisivas realistas, es decir, de esas “que encuentran la vida cruda y la dejan sin hacer” (O. Wilde). Sí, toda creación verdaderamente artística es autónoma respecto a la realidad. La realidad puede ser tomada como referencia lejana, como materia prima para desbastar y utilizar, pero el objeto y fundamento del arte es siempre el arte, es decir, la plasmación de la Idea que la naturaleza apunta pero que es incapaz de realizar. Para aclarar más este concepto mío (y de Schopenhauer y de Goethe, ¡en algo estaban de acuerdo!) recomiendo la lectura de la página 121 del libro.
Lo que ocurre es que, cuando se trata de personajes de pura ficción (o legendarios, que casi es lo mismo), el hecho de que sean arquetipos (piénsese en Don Quijote, Werther, Don Juan, Fausto, Raskólnikov, etc.), no plantea ningún problema. En cambio, cuando el personaje arranca de cierto individuo que vivió realmente (el Julio César de Shakespeare, el Adriano de Yourcenar, el Schopenhauer de éste que escribe) se plantea naturalmente el problema de si debe o no ser, en la novela, un fiel reflejo de lo que fue en la vida.
Sobre “si debe”, las respuestas pueden ser varias; sobre “si es”, para mí, sólo hay una respuesta verdadera: no, no es ni puede ser un fiel reflejo, no puede haber una correspondencia exacta entre el personaje de la novela y el ser vivo que existió en otro tiempo. El novelista debe descubrir la Idea del personaje, no sus funciones neurovegetativas o su agenda diaria.
Pero en todo esto hay una paradoja. Y es que el escritor ha de crear la obra como si eso (lo que acabo de negar) fuese posible. Ha de imbuirse de la personalidad del novelado, llegando en cierto modo a ser él mismo. Esto es lo que yo hago, lo que yo hice en esta novela, sabiendo sin embargo que el producto no sería una fotocopia de Schopenhauer, sino una obra de arte…
Y para seguir con el tono antimodesto de este comentario, voy a citarme. Lo que sigue es un párrafo de una conferencia que pronuncié sobre la novela histórica (centrada en la antigüedad clásica):
“Pero ocurre que una novela no es ni puede ser una reconstrucción histórica, no puede pretender un resultado de máxima fidelidad al carácter del personaje histórico y a la realidad de los acontecimientos. Si muy poco podemos saber de la vida verdadera del vecino de enfrente, ¿cómo nos atreveríamos a decir que, sobre la base de los cuatro papeles que nos dejó escritos, hemos reproducido con exactitud las vivencias y sentimientos de una persona muerta hace dos mil años? Es ésta una tarea imposible. Yourcernar confiesa haberlo intentado. Pero nadie sabrá nunca si lo ha conseguido. Quiero decir que sabemos que su Memorias de Adriano es una obra maestra, pero nunca sabremos si el Adriano que gobernó Roma se reconocería en ella.”
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16 de Abril de 2008 a las 22:52 GMT+1
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Esto ya parece un tabloide sensacionalista. A ver: el chalé (por llamarlo así) que hay frente a la casa de Antonio Priante es propiedad de Mauricio Casals, que no sé qué cargo tiene exactamente en La Razón (director editorial o algo así). Priante salía de su casa y un pastor alemán se le echó encima. Según un vecino, el animal es propiedad de Casals, hombre de confianza de Lara. El mordisco no fue serio, pero le rompió la manga de la chaqueta. Tras salir de urgencias, Priante fue a presentar una denuncia.
Veremos en qué termina todo esto.
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6 de Marzo de 2008 a las 7:34 GMT+1
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Cuarta parte del texto de Antonio Priante (la tercera se vio ayer).
5-III-98
Cuál será el mejor acceso.
A. Mientras el cuerpo se desploma por efecto del disparo, surge en la conciencia el recuerdo de toda la vida, desde la primera infancia en el Madrid de la guerra hasta la última y fatídica entrevista.
Inconvenientes:
a) Es un procedimiento ya utilizado por Buero Vallejo en La detonación (no lo sabía cuando se me ocurrió).
b) Toda la evocación resultaría mediatizada por la condición agonizante del sujeto… ¿o no?
B. Cartas cruzadas con los amigos, al estilo de Lesbia mía.
Inconvenientes:
a) Autoplagio.
b) La condición no itinerante del grupo de amigos no justifica tanta correspondencia.
C. Monólogo interior durante todo el último día, al estilo de El silencio de Goethe.
Inconvenientes:
a) Autoplagio. Menos evidente que en el caso anterior, por ser éste un recurso menos original.
b) El estado de depresión-exaltación-depresión (antes de recibir la nota de Ella-desde que la recibe hasta que-conoce el verdadero motivo de la visita) impediría ofrecer la visión de un Larra más cotidiano y habitual, menos extremado.
D. Cartas a un solo amigo (Ventura de la Vega?), espaciadas durante los últimos quince días.
Inconvenientes:
a) Como en C.b, resultaría mediatizado por el estado depresivo (se supone) de los últimos días. Pero no tanto como en aquel caso. En dos semanas el humor puede ser más variable que en un sólo día, lo que podría proporcionar una idea más completa del personaje.
Supongamos que me decido por el acceso D, que es el que ofrece menos inconvenientes…
Justificación:
-Ventura de la Vega está enfermo (lo estaba en efecto el día de la muerte de Larra).
-Desde sus últimos artículos (”Fígaro a los redactores del Mundo” y “Todo por mi padre…”, publicados el 29-I-1837) Larra no consigue escribir una sola línea dirigida al público. Para probarse que aún es capaz de escribir, decide hacerlo dirigiéndose a su amigo enfermo, aunque nada convencido de que llegue a enviarle las cartas. En realidad se trata de una confesión ante sí mismo.
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5 de Marzo de 2008 a las 7:25 GMT+1
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Tercera parte del texto de Antonio Priante (la segunda se vio ayer).
27-II-98
Que el sentimiento de vacío es en Larra anterior a toda experiencia quizá lo pruebe este párrafo de “El Café”, escrito en febrero de 1828, poco antes de cumplir 19 años (y si alguien alega que a esa edad ya contaba con la supuesta decepción amorosa y filial de sus 16 años, atención a mis cursivas):
“Seguí quejándome hasta mi casa sin ninguna gana de reír de mis observaciones como en otros días, aunque siempre convencido de que el hombre vive de ilusiones y según las circunstancias, y sólo al meterme en la cama, después de apagar mi luz y conciliar el sueño confesé como acostumbro: ‘Éste es el único que no es quimera en este mundo’.”
La vida es un entramado de ilusiones sobre circunstancias cambiantes. Sólo el sueño es verdad. El sueño, imagen de la muerte.
Así, cuando a los 26 años, en pleno conflicto amoroso, escribe “allí donde está el mal, allí está la verdad. Lo malo es lo cierto. Sólo los bienes son ilusión”( “La sociedad”, 16-1-35), no hace sino manifestar, propiciado por las circunstancias, lo que desde siempre ha sabido.
Si, como es cierto, todo hecho es efecto de una serie de causas, el suicidio de Larra hubo de tener forzosamente las suyas, puesto que nada es gratuito ni se produce ex novo en la naturaleza (incluida la naturaleza humana). Pero ocurre que los que buscan las causas de este tipo de hechos -los actos humanos- suelen olvidarse de la fundamental: el carácter del individuo. El carácter no como algo forjado por las circunstancias, el ambiente, la educación, no, el carácter de verdad, originario, congénito, eso que nada ni nadie puede cambiar, aunque pueda manifestarse de diferentes maneras según los motivos que las circunstancias le ofrecen.
En el carácter de Larra -como en el de cada cual- se hallaba esbozado su destino. Sólo unas circunstancias extremadamente favorables hubieran podido dar a ese destino una forma menos trágica.
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4 de Marzo de 2008 a las 7:18 GMT+1
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Segunda parte del texto de Antonio Priante (la primera se vio ayer).
16-II-98
Aplicar desde fuera un razonamiento riguroso sería el método de la ciencia, en este caso, la psicología (si es que la psicología es una ciencia). El “método” del arte consiste en aprehender el objeto de una manera inmediata y global: intuitiva. ¿Cómo se consigue esto?
No hay cómo, o se consigue o no: éste es el misterio fundamental del arte. Después viene lo otro, la técnica que permita desarrollar materialmente aquella “aprehensión” o intuición esencial. Pero sobre la técnica no hay que preocuparse demasiado. Si la intuición es verdadera, producirá ella misma los instrumentos que necesita para manifestarse adecuadamente. Como todo en la naturaleza.
En apariencia hay dos Larras. El constructivo de la mayoría de sus artículos y el destructivo de algunos de ellos (”La Sociedad”, “Día de Difuntos”, “Nochebuena de 1836″…); el clásico que propugna una sociedad racional y ordenada, basada en la libertad y en la cultura, y el romántico, que vislumbra el caos y la nada por doquier, incluso al final de esa sociedad racional y ordenada (”libertad para recorrer ese camino que no conduce a ninguna parte”).
Larra posee una personalidad descompensada, desequilibrada: poderoso en el análisis, raquítico en la síntesis. Ve los males como nadie, los estudia, los analiza, los reprueba; en todo este proceso camina sobre tierra firme. ¿Pero cuál es el otro lado de esos males, de esas carencias? Una España en paz, libre, próspera, europea… Sí, en lo social tiene una referencia, un modelo, algo que proponer y hacia donde tender. Pero ¿y en lo personal? Aquí está el gran déficit de Larra: su incapacidad para sintetizar un modelo personal, que sirva al individuo y no sólo a la sociedad.
La descompensación, el desequilibrio de la personalidad de Larra la veo de esta manera: por una parte, una inteligencia poderosa, penetrante, que se aplica a la crítica corrosiva, y sin embargo constructiva, de la sociedad; por otra parte, una incapacidad radical de esa inteligencia para proporcionarle una visión del mundo (no sólo político) en la que pueda sentirse mínimamente cómodo. Claridad meridiana sobre la sociedad: sus defectos, sus remedios; oscuridad absoluta sobre el individuo: “mi corazón no es más que otro sepulcro”. Esta zona de oscuridad es la que me interesa.
Más que de oscuridad habría que hablar de vacío.
Existe la tentación de explicar este vacío como la consecuencia de determinados acontecimientos vitales: el fracaso político, el fracaso amoroso. No hay que caer en la tentación. Las vicisitudes no marcan el carácter; es el carácter el que se expresa a través de las vicisitudes. Más claro: en Larra, el sentimiento de vacío no es consecuencia de ciertas experiencias vitales, sino al contrario: el modo en que experimenta la vida es consecuencia de su sentimiento de vacío.
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3 de Marzo de 2008 a las 7:19 GMT+1
seleucus
Antonio Priante me ha pasado los breves apuntes que tomó antes de sentarse a escribir su obra maestra El corzo herido de muerte, cuyo primer capítulo encontraréis gratis en la pestaña superior de “Textos”. Dicha novela, ganadora de un Premio Seléucida 2007, reproduce ficticiamente los últimos días de vida del escritor Mariano José de Larra (1809-1837) antes de que se suicidase.
Los apuntes de Priante abarcan cuatro días de 1998, cuando comenzó a gestar la obra, de manera que me ha parecido interesante reproducirlos en el blog entre hoy y el jueves. Pueden ser de utilidad para principiantes en el arte de escribir novelas históricas (Priante se enfadará porque no se considera escritor de tal género), o de interés para quienes se pregunten qué mecanismos creativos aplican algunos escritores. Así que aquí tenéis el primer día:
LARRA: CUADERNO DE BITÁCORA
13-II-98
Larra es en estos momentos una ciudad sitiada; una plaza fuerte a la que hay que rendir, buscando la ocasión y los medios adecuados. He enviado a su interior informadores, espías. Sé mucho de la configuración y características de la plaza. No todo. Falta algo fundamental: cuál será el mejor acceso. Pero sé que, en cuanto dé con él, en cuanto la avanzadilla que opera en su interior me abra una puerta, por ahí entraré y la plaza será tomada en un instante, sin resistencia.
Hoy se cumplen 161 años de la muerte voluntaria de Larra. Especular sobre los motivos de aquella acción no conduce a nada. Todos son posibles, por separado o combinados. Aplicar desde fuera un razonamiento riguroso para desvelar el misterio no sirve. Hay que vivirlo desde dentro.
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11 de Febrero de 2008 a las 9:30 GMT+1
seleucus
He retirado de la pestaña superior llamada “Textos” el pdf con el primer capítulo de la novela El desorden, de Juan Carlos Girauta, porque dicha obra ya está a la venta en librerías (editorial Belacqua). Lo colgué el 7 de mayo de 2007, y lo he retirado hoy, 11 de febrero de 2008. En 280 días ha tenido 896 lecturas, lo que arroja una media de 3′2 al día.
En su lugar, he colgado el primer capítulo de la novela El corzo herido de muerte, de Antonio Priante, publicada por la editorial Cahoba el año pasado y ganadora del Godzilla al Mejor Autor en los Premios Seléucidas 2007. No he colgado ninguna novedad porque el ritmo de trabajo de las editoriales va a paso de tortuga, de manera que prefiero esperar un poco más.
Así, Priante se estrena como Autor del Proyecto Seléucida, y pasa a tener un vínculo con su nombre en la barra lateral.
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4 de Enero de 2008 a las 7:16 GMT+1
seleucus
Pregunta: Antonio, te has llevado un Godzilla Seléucida como Mejor Autor del 2007. Menos da una piedra. ¿Estás contento?
Respuesta: Un reconocimiento público siempre le pone a uno contento. Y más si procede de alguien por completo ajeno a cualquier interés extraliterario.
P.: Una vez dejaste un comentario en este blog, cuando colgué el vídeo en que te grabé. ¿Eres visitante asiduo, por más que sólo hayas comentado algo una vez?
R.: Soy visitante, pero el asiduo es un amigo de mi edad. Siempre me tiene informado. Y me dice que a veces polemiza con otros visitantes y que ha observado que están muy en otra onda que la nuestra (de mi amigo y yo), que sólo tenemos en común con ellos el gusto por la literatura.
P.: Me consta que no te interesan ni la ciencia ficción ni las fricadas zombis. Cuando lees por placer, o cuando vas al cine, ¿en qué tipo de arte te sumerges?
R.: No tengo prejuicios de género. Lo que me interesa de una obra es eso, que sea de arte, es decir, que produzca un efecto catártico (Aristóteles, ¿recuerdas?).
P.: Los blogs más importantes, en cualquier lengua, no tratan principalmente de literatura sino de tecnología o política. ¿Visitas otros blogs o eres más bien parco en el uso de internet?
R.: Sí, soy más bien parco. Pero de vez en cuando me gusta dar un vistazo. Aparte de los de literatura, sólo visito los de filosofía o ciencia, y a veces encuentro algo interesante. Los de política son absolutamente inútiles: sólo defienden lo suyo y no se enteran de nada que no convenga a esa defensa. ¿De tecnología? Nunca se me ha ocurrido.
P.: ¿Consideras que tus obras se encuadran en el género de la novela histórica?
R.: No. Un género se distingue por una serie de características, y las características de mis novelas no coinciden con las que hoy configuran lo que se entiende por “novela histórica”. Mis obras tratan de la experiencia vital, íntima, de unas personas que, casualmente, viven en una época determinada… como le ocurre a todo el mundo.
P.: No te mareo más. Tan sólo dime si ya están traduciendo al alemán tu anterior novela, El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer, para publicarla allí.
R.: No hay nada definitivo. Espero noticias de mi agente literaria en este sentido.
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31 de Diciembre de 2007 a las 7:27 GMT+1
seleucus
Bien, ya es treinta y uno de diciembre, de manera que ha llegado el momento de entregar los Premios Seléucidas, encarnados momentáneamente por mi Godzilla:

Las condiciones para que yo tome en consideración un libro son:
1. La primera edición del libro tiene que haberse puesto a la venta durante el año que hoy termina, y debo haber hablado de él en el blog.
2. Dicha primera edición tiene que serlo por parte de la editorial que lo publica, es decir, no tiene que ser la primera en sentido absoluto, excepto en la categoría de Mejor Autor, quien además debe estar vivo (eso excluye a muertos vivientes como Rosa Regàs).
Quiero subrayar que ni me he guiado por amiguismo ni he invitado a ministros, como se hace en otros premios con más dinero en juego (yo no tengo un euro, lamentablemente).
Así, me he roto la cabeza para crear unas categorías que puedan perdurar tantos años como vaya a hacerlo el blog mismo, es decir, hasta que el sol se apague o yo fenezca. El resultado: un total de doce, de las cuales nueve son positivas y tres negativas. Y el fallo de la 1ª Edición de los Premios Seléucidas ha sido el siguiente:
Mejor Autor: Antonio Priante, por El corzo herido de muerte (Cahoba)
Mejor Compendio de Cuentos: La reliquia viviente, de Iván S. Turguéniev (Atalanta)
Mejor Editorial: Periférica.
Mejor Novela de un Autor del Proyecto Seléucida: Saide, de Octavio Escobar (Periférica)
Mejor Novela en General: El retorno de Filip Latinovicz, de Miroslav Krleža (Minúscula)
Mejor Novela Negra: Sin hogar ni lugar, de Fred Vargas (Siruela)
Mejor Otro: La cocina del Quijote, de Cesáreo Fernández Duro y Miguel López Castanier (Rey Lear)
Mejor Traductor: Ramón Sánchez Lizarralde, por la traducción del albanés de La hija de Agamenón & El Sucesor, de Ismaíl Kadaré (Alianza)
Mejor Volumen: Claus y Lucas, de Agota Kristof (El Aleph), título general para la trilogía compuesta por El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira
Novela Más Impresentable: El amante de Shangai, de Michèle Kahn (Grijalbo)
Peor Frase Publicitaria: “Una novela tan vívida que quemará los dedos incluso a los detractores de los thrillers más programáticos”, por la revista People y reproducida en la portada de Jugando con fuego, de Peter Robinson (Editorial RBA)
Portada Más Espantosa: Una cerilla encendida como portada del libro Jugando con fuego, de Peter Robinson (RBA)
Aunque mis decisiones sean inapelables, podéis dejar los comentarios que queráis. Faltaría más.
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19 de Diciembre de 2007 a las 7:39 GMT+1
seleucus
Esta entrevista la llevó a cabo Imma Espuñes, jefe de prensa de la editorial Cahoba.
Pregunta: ¿Por qué su interés por Larra?
Respuesta: Siempre me había atraído la persona, el personaje de Larra. Era como si intuyese que había algo en él que ni críticos, ni comentaristas, ni historiadores habían entendido. Hasta que llegó cierto estímulo en forma de artículo con el que no estaba de acuerdo y me puse manos a la obra, con mi procedimiento habitual: impregnarme del personaje y luego hablar, escribir, siendo él mismo. Lo que enseguida descubrí es algo que salta a la vista: la dualidad de la persona. Quiero decir que hay dos Larras, el constructivo de la mayoría de sus artículos y el destructivo de algunos de ellos (”La Sociedad”, “Día de Difuntos”, “Nochebuena de 1836″…); el clásico que propugna una sociedad racional y ordenada, basada en la libertad y en la cultura, y el romántico que vislumbra al caos y la nada por doquier, incluso al final de esa sociedad racional y ordenada (”libertad para recorrer ese camino que no conduce a ninguna parte”). Larra posee una personalidad descompensada, desequilibrada: poderoso en el análisis, raquítico en la síntesis. Ve los males como nadie, los estudia, los analiza, los reprueba; en todo este proceso camina sobre tierra firme. ¿Pero cuál es el otro lado de esos males, de esas carencias? Una España en paz, libre, próspera, europea… Sí, en lo social tiene una referencia, un modelo, algo que proponer y hacia donde tender. Pero ¿y en lo personal? Aquí está el gran déficit de Larra: su incapacidad para sintetizar un modelo personal, que sirva al individuo y no sólo a la sociedad.
P.: Vuelve a recrear la vida de un autor brillante, tanto como Schopenhauer, de quien narró sus horas postreras en El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer.
R.: Sí, y además resulta que Larra y Schopenhauer son contemporáneos, y ambos coinciden en la visión pesimista de la vida. Algunas frases del literato español bien podrían haber sido pronunciadas por el filósofo alemán: “Lo malo es lo cierto. Sólo los bienes son ilusión”. Hay una cita famosa, que figura en muchas antologías como propia de Schopenhauer, cuando en realidad es de Larra. Éste no conoció la existencia de Schopenhauer, y es normal si pensamos que ni en Alemania la conocían por aquellos años. En cambio el filósofo sí había leído a Larra. En Parerga y paralipómena, el alemán cita la frase de Larra a que antes me he referido: “el que no ha tenido un perro no sabe qué es querer y ser querido”.
P.: ¿Quién es Ventura de la Vega, el destinatario de las cartas que escribe Larra?
R.: Fue un poeta lírico y dramático. Revolucionario en sus años de juventud, evolucionó hacia la religiosidad y el conservadurismo. Llegó a ser profesor de Isabel II y director del Teatro Español en 1847, así como académico de la Lengua Española en 1842; nunca fue romántico, y en su discurso de ingreso atacó al Romanticismo en cuanto elemento de agitación social. Se dice de él que era un personaje vago y perezoso. Fue autor de obras de teatro de éxito, como El hombre de mundo y La muerte de César. También escribió libretos de zarzuela.
P.: ¿Qué papel tenía el Madrid de la época? ¿Cómo influye en Larra?
R.: Larra no está solo, sino que forma parte de un grupo de jóvenes inquietos y disconformes, entre los que se encuentra Ventura de la Vega, que se reúnen en el café del Príncipe de Madrid. La tertulia es bautizada como “El Parnasillo”. Para Larra y otros artistas y escritores, Madrid era lo único que existía en España. Ahí residía la Corte y era el centro del Romanticismo y de todo movimiento cultural. Y lo cierto es que excepto, y en menor medida, en las ciudades costeras que a las que se alude en el libro (Barcelona, San Sebastián, Málaga, Cádiz), la vida intelectual fuera de Madrid era casi inexistente. Larra nació en Madrid en 1809, hijo de un médico que se distinguió como afrancesado durante la Guerra de la Independencia, por lo que tuvo que exiliarse en Francia en 1813, cuando Larra tenía cuatro años, siguiendo al rey José I Bonaparte. Gracias a la amnistía decretada por Fernando VII en 1818, la familia regresó a España, donde su padre se convirtió en médico de uno de los hermanos del rey Fernando.
P.: Hábleme de la visión de Larra sobre las mujeres.
R.: Tenía una visión romántica y desencantada del universo femenino; en su época la mujer era considerada por una parte como algo sublime y por otra como un ser caprichoso e intrigante. De la época de Larra no nos han llegado nombres de mujeres que hayan destacado en el terreno de las letras: era impensable que una mujer diese rienda suelta a su creatividad. Sólo más tarde tenemos constancia de figuras como Emilia Pardo Bazán, Fernán Caballero, etc.
P.: A lo largo de la vida sentimental de Larra desfilaron varias mujeres, pero ninguna juega un papel demasiado relevante comparado con la influencia que ejerció la última, protagonista de sus tormentosas relaciones narradas en este libro, y que marcó el trágico final.
R.: En efecto, Larra tuvo varios amoríos, pero sólo dos amores: su esposa, de la que parece que pronto se desenamoró, y Dolores de Armijo, que fue el amor de su vida… y de su muerte. Yo me he centrado en éste último, porque es el que da todo el elemento dramático para la novela. Y además, de los otros apenas se sabe nada cierto: que si una cantante de ópera con duelo incluido, que si ¡la misma reina regente! (según un diario francés con motivo del suicidio)… He decidido prescindir de todo eso.
P.: ¿Por qué su interés en fijarse en los últimos días o las últimas horas de los personajes de las novelas protagonizadas por Schopenhauer y Larra, respectivamente?
R.: Bueno, en realidad no es que me fije en los últimos días. Los tomo como punto de observación desde el que el protagonista repasa su vida. Y es que, si se quiere dar una visión global de toda la vida del personaje, no hay otro sistema, siempre, naturalmente, que la única voz que se escuche sea la del mismo personaje, que es mi procedimiento preferido.
P.: La pistola que aparece en la portada alude al trágico final de Larra. ¿Cuál cree que fue la causa del suicidio?
R.: Yo creo que el fracaso amoroso, la ruptura, fue el antecedente inmediato, la causa última, pero detrás hay toda una historia. Y no soy de los que ponen todo el peso en el desengaño político y “patriótico”, ni mucho menos. Más bien creo que Larra había nacido con vocación de suicida (si se rastrea en sus escrito se advierte claramente), como había nacido con vocación de escritor, vocaciones ambas tan claras como irreprimibles (¡por fortuna no siempre han de ir juntas!). En el carácter congénito de Larra, como en el de cada cual, estaba esbozado su destino. Sólo circunstancias extremadamente favorables hubiesen permitido un desenlace menos trágico.
P.: ¿Hay algún otro aspecto de esta novela que desee comentar?
R.: Sí, hay un aspecto muy singular, que la distingue del resto de mis obras anteriores, y quizá también de las posteriores, y es el idioma. Me explico. Los protagonistas de mis anteriores novelas (Catulo, Cicerón, Schopenhauer) se expresaban en una lengua (latín, alemán) diferente del idioma en que están escritas las novelas; en cambio, el protagonista de ésta, Larra, se expresaba en el mismo idioma en que está escrita la novela. Esto suponía que el autor no sólo tenía que captar el espíritu y hasta el estilo del personaje, como en las otras obras, sino que, además, había de reproducir su lenguaje, su castellano. Pero reproducirlo hasta cierto punto, porque tampoco se trataba de practicar una reconstrucción arqueológica, sino de conservar el tono general de la escritura, incluidos algunos localismos “incorrectos”, como el laísmo madrileño. Si el resultado ha sido bueno o no, puede saberse haciendo la siguiente prueba: intentando distinguir los párrafos auténticos de Larra con que está trufado el libro (no hay muchos, quizás cuatro o cinco) del grueso de la obra, producto exclusivo del ingenio del autor, y usted disimule.
Entrada clasificada como: Antonio Priante, Autores del Proyecto Seléucida, Cahoba, Editoriales respetables, Entrevistas, Recomendaciones literarias
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