Antonio Priante discurre acerca de El silencio de Goethe, II
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28 de Mayo de 2008 a las 6:06 GMT+1 seleucus
Segunda parte del texto en que Antonio Priante discurre acerca de su novela El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer (publiqué la primera parte ayer):
2. LA CLAVE
Otra objeción que se me ha hecho es que el diálogo que el filósofo mantiene con August Becker es mucho menos creíble que el que mantiene con Eckermann. En esto tengo que dar toda la razón al crítico, sin reticencias ni ironías. Es cierto que el diálogo con August Becker no parece ni la mitad de creíble que el mantenido con Eckermann. Yo mismo me he estado preguntando por qué, y creo que al final he dado con la respuesta. Respuesta que, curiosamente (o naturalmente), se puede exponer con los términos propios de la estética schopenhaueriana.
Por si no quedaba suficientemente claro a lo largo de lo que iba escribiendo, quise crear una escena en que, de una manera viva y rotunda, quedase retratado el carácter de nuestro filósofo. Entonces supuse que Schopenhauer podría estar celoso de Eckermann por la familiaridad que éste había tenido con Goethe y que tan poco había sabido aprovechar (según mi personaje). Y los puse ahí, uno frente a otro, y dejé que se expresasen en absoluta libertad. Es decir, me abandoné a la contemplación directa del objeto, con aquietamiento absoluto de la voluntad (el interés, panfletario, de demostrar esto o aquello).
En el diálogo con August Becker la cosa fue muy diferente. Veía que la novela se estaba acabando; gracias a no sé qué extraña inspiración había solucionado el problema de que el filósofo explicase (¡a sí mismo!) su propia filosofía: contándosela a su fiel perrito en la noche de insomnio. Pero tenía algunos temas pendientes que quería aclarar: la rectificación final de su opinión sobre las mujeres, la excéntrica tipología de sus lectores (militares, mujeres, hombres de negocios, artistas), su no antisemitismo dentro del contexto de la época (mito tan difícil de erradicar), sus relaciones con Wagner, en las que curiosamente se reproducía la situación asimétrica (falta de correspondencia por parte del “maestro”) que él mismo había sufrido con Goethe... Había leído que, unos días antes de su muerte, Schopenhauer había recibido la visita de Gwiner, uno de sus “apóstoles”, con el que había pasado una tarde muy agradable, hablando de los temas más variados. Podría aprovechar esa conversación, pensé... pero no, porque de esa conversación hay constancia y, aun en el caso de que pudiese acceder a ella, no me serviría para los fines mencionados. Entonces imaginé que, por los mismos días, había tenido la visita de otro “apóstol”: el jurista Johann August Becker, con el que, además, mantenía una correspondencia, que fue publicada por el hijo de Becker. ¿Y por qué Becker, y no Frauenstädt o cualquiera de sus otros fieles? Simplemente porque Becker era jurista, como yo lo he sido, y así podía imaginármelo con intereses más fuertes que los de su oficio, como ha sido mi caso. O sea, que se podría decir que August Becker soy yo... tratando de aclarar con mi personaje algunos de los temas que teníamos pendientes. Y es ese intento de aclarar y precisar, es ese enfoque interesado, no contemplativo, el que dio un resultado menos artístico que el del diálogo con Eckermann, como muy agudamente detectó mi crítico.
Entrada clasificada como: Antonio Priante, Autores del Proyecto Seléucida, Cahoba, Editoriales respetables, Recomendaciones literarias


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