Acerca de El último hombre, de Mary Shelley
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8 comentarios 15 de abril de 2008 a las 6:45 GMT+1 seleucus
Mary Shelley (1797-1851) marcó la historia de la literatura (y del cine, por avanzado) con Frankenstein. Es, muy a su pesar, una escritora perteneciente al grupo de quienes pasan a la posteridad por una sola obra. Pero escribió otras. Por ejemplo, este volumen de más de quinientas páginas que se publica en lengua española por primera vez: El último hombre, su última novela. Otra medalla que se cuelga la editorial El Cobre.
Shelley, esa vez, no se decidió por la creación de nueva vida a través de avances científicos sino por la desaparición del género humano. Si aceptásemos clasificar esta obra en el género de la ciencia ficción, tendríamos que concluir que constituye la segunda en dicho ámbito (al menos hasta donde mis conocimientos literarios abarcan). De esta guisa, Shelley tendría el honor no sólo de haber creado el género sino de haberle dado también una segunda obra, marcando el camino para la posteridad en un doble sentido: el Doctor Frankenstein como creador de vida, y el superviviente de El último hombre como avanzada de Robert Neville, el último representante de la especie humana y protagonista de la obra maestra de Richard Matheson, Soy Leyenda.
La curiosidad está en ver cómo se desenvuelve la escritora en una acción tan alejada de su época: finales del siglo XXI. Un salto cronológico demasiado grande para avanzar, con ciertas garantías, un abismo tecnológico de ese calibre. Shelley se mantiene en categorías histórico-sociológicas románticas, y a lo máximo que llega es a decir que en ese futuro hay máquinas que hacen de todo (página 123). La verdad es que tampoco se le puede reprochar nada, hizo lo que pudo y la obra refleja la angustia de un mundo que se apaga por una epidemia letal (una nueva forma de peste) nacida en Constantinopla, en plena lucha entre griegos y turcos. En eso no se equivocó: a fecha de hoy, 2008, siguen sin ser amigos, y nada parece indicar que eso cambie en lo que nos queda de siglo.
Por lo que hace al estilo de la obra, recargado y romántico en grado sumo, me ha llamado la atención una frase que pronuncia el superviviente postrero (página 512): "No, no. No viviré entre los paisajes silvestres de la naturaleza, enemiga de todo lo que vive." En un mundo desolado, el último hombre se refugia entre ciudades vacías, lejos de la naturaleza. Shelley nos muestra su vena más fichteana: la naturaleza como no-yo, inorganicidad hostil a la conciencia humana. Un viaje al interior del solipsismo.
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