La vida en México, de Frances Erskine Inglis
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15 de febrero de 2008 a las 7:43 GMT+1 seleucus
Al no ser un lector de literatura de viajes, no tenía la más remota noticia de Frances Erskine Inglis, Marquesa de Calderón de la Barca (nada que ver con el escritor del Siglo de Oro Español, según me dijo el editor de Rey Lear). Supongo que sucederá lo mismo a la mayoría, así que lo más adecuado será explicar quién fue dicha señora.
La autora nació en Edimburgo en 1806. Ya en los Estados Unidos, conoció al diplomático español Ángel Calderón de la Barca, con quien se casó sin dudar ni un instante. Trabó amistad con destacados personajes de la época, como el escritor Washington Irving (futuro embajador de los Estados Unidos en Madrid) y el historiador William H. Prescott. Años después de la constitución de México como Estado soberano, el gobierno español decidió que era hora de mandar un embajador. Y quién mejor que don Ángel, el ya marido de Frances. De este modo, partieron de Boston hacia la capital mexicana en 1839.
Con el tiempo, Frances se pasó del protestantismo al catolicismo, asumiendo las costumbres y la lengua españolas (como mujer culta de la época, hablaba también otros idiomas y tocaba el piano). Tras dos años en México, se fueron a España, de donde tuvieron que exiliarse a Francia tras el gobierno de Espartero. Luego ella enviudó y regresó a España para educar a la Infanta Isabel. En 1876, Alfonso XII la hizo Marquesa de Calderón de la Barca. Feneció en Madrid en 1882.
Las cincuenta y cuatro cartas que componen La vida en México. Durante una residencia de dos años en ese país representan un fresco histórico impagable para quien quiera ver el retrato de una parte de la Centroamérica de aquellos años. Seleccionadas por la propia autora entre un total de epístolas que desconozco, las que tenemos aquí han permanecido absolutamente ignoradas por el público español, mas no por el mexicano (nada nuevo, cosas que pasan). Se publicaron por primera vez en Boston en 1843, y luego saltarían a Londres gracias a la ayuda de Charles Dickens. Como queda patente, la autora se relacionó con lo mejor de la época, y dicho libro es un fiel testimonio.
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