Entrevista a Antonio Priante acerca de su novela El corzo herido de muerte
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19 de diciembre de 2007 a las 7:39 GMT+1 seleucus
Esta entrevista la llevó a cabo Imma Espuñes, jefe de prensa de la editorial Cahoba.
Pregunta: ¿Por qué su interés por Larra?
Respuesta: Siempre me había atraído la persona, el personaje de Larra. Era como si intuyese que había algo en él que ni críticos, ni comentaristas, ni historiadores habían entendido. Hasta que llegó cierto estímulo en forma de artículo con el que no estaba de acuerdo y me puse manos a la obra, con mi procedimiento habitual: impregnarme del personaje y luego hablar, escribir, siendo él mismo. Lo que enseguida descubrí es algo que salta a la vista: la dualidad de la persona. Quiero decir que hay dos Larras, el constructivo de la mayoría de sus artículos y el destructivo de algunos de ellos ("La Sociedad", "Día de Difuntos", "Nochebuena de 1836"...); el clásico que propugna una sociedad racional y ordenada, basada en la libertad y en la cultura, y el romántico que vislumbra al caos y la nada por doquier, incluso al final de esa sociedad racional y ordenada ("libertad para recorrer ese camino que no conduce a ninguna parte"). Larra posee una personalidad descompensada, desequilibrada: poderoso en el análisis, raquítico en la síntesis. Ve los males como nadie, los estudia, los analiza, los reprueba; en todo este proceso camina sobre tierra firme. ¿Pero cuál es el otro lado de esos males, de esas carencias? Una España en paz, libre, próspera, europea... Sí, en lo social tiene una referencia, un modelo, algo que proponer y hacia donde tender. Pero ¿y en lo personal? Aquí está el gran déficit de Larra: su incapacidad para sintetizar un modelo personal, que sirva al individuo y no sólo a la sociedad.
P.: Vuelve a recrear la vida de un autor brillante, tanto como Schopenhauer, de quien narró sus horas postreras en El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer.
R.: Sí, y además resulta que Larra y Schopenhauer son contemporáneos, y ambos coinciden en la visión pesimista de la vida. Algunas frases del literato español bien podrían haber sido pronunciadas por el filósofo alemán: "Lo malo es lo cierto. Sólo los bienes son ilusión". Hay una cita famosa, que figura en muchas antologías como propia de Schopenhauer, cuando en realidad es de Larra. Éste no conoció la existencia de Schopenhauer, y es normal si pensamos que ni en Alemania la conocían por aquellos años. En cambio el filósofo sí había leído a Larra. En Parerga y paralipómena, el alemán cita la frase de Larra a que antes me he referido: "el que no ha tenido un perro no sabe qué es querer y ser querido".
P.: ¿Quién es Ventura de la Vega, el destinatario de las cartas que escribe Larra?
R.: Fue un poeta lírico y dramático. Revolucionario en sus años de juventud, evolucionó hacia la religiosidad y el conservadurismo. Llegó a ser profesor de Isabel II y director del Teatro Español en 1847, así como académico de la Lengua Española en 1842; nunca fue romántico, y en su discurso de ingreso atacó al Romanticismo en cuanto elemento de agitación social. Se dice de él que era un personaje vago y perezoso. Fue autor de obras de teatro de éxito, como El hombre de mundo y La muerte de César. También escribió libretos de zarzuela.
P.: ¿Qué papel tenía el Madrid de la época? ¿Cómo influye en Larra?
R.: Larra no está solo, sino que forma parte de un grupo de jóvenes inquietos y disconformes, entre los que se encuentra Ventura de la Vega, que se reúnen en el café del Príncipe de Madrid. La tertulia es bautizada como "El Parnasillo". Para Larra y otros artistas y escritores, Madrid era lo único que existía en España. Ahí residía la Corte y era el centro del Romanticismo y de todo movimiento cultural. Y lo cierto es que excepto, y en menor medida, en las ciudades costeras que a las que se alude en el libro (Barcelona, San Sebastián, Málaga, Cádiz), la vida intelectual fuera de Madrid era casi inexistente. Larra nació en Madrid en 1809, hijo de un médico que se distinguió como afrancesado durante la Guerra de la Independencia, por lo que tuvo que exiliarse en Francia en 1813, cuando Larra tenía cuatro años, siguiendo al rey José I Bonaparte. Gracias a la amnistía decretada por Fernando VII en 1818, la familia regresó a España, donde su padre se convirtió en médico de uno de los hermanos del rey Fernando.
P.: Hábleme de la visión de Larra sobre las mujeres.
R.: Tenía una visión romántica y desencantada del universo femenino; en su época la mujer era considerada por una parte como algo sublime y por otra como un ser caprichoso e intrigante. De la época de Larra no nos han llegado nombres de mujeres que hayan destacado en el terreno de las letras: era impensable que una mujer diese rienda suelta a su creatividad. Sólo más tarde tenemos constancia de figuras como Emilia Pardo Bazán, Fernán Caballero, etc.
P.: A lo largo de la vida sentimental de Larra desfilaron varias mujeres, pero ninguna juega un papel demasiado relevante comparado con la influencia que ejerció la última, protagonista de sus tormentosas relaciones narradas en este libro, y que marcó el trágico final.
R.: En efecto, Larra tuvo varios amoríos, pero sólo dos amores: su esposa, de la que parece que pronto se desenamoró, y Dolores de Armijo, que fue el amor de su vida... y de su muerte. Yo me he centrado en éste último, porque es el que da todo el elemento dramático para la novela. Y además, de los otros apenas se sabe nada cierto: que si una cantante de ópera con duelo incluido, que si ¡la misma reina regente! (según un diario francés con motivo del suicidio)... He decidido prescindir de todo eso.
P.: ¿Por qué su interés en fijarse en los últimos días o las últimas horas de los personajes de las novelas protagonizadas por Schopenhauer y Larra, respectivamente?
R.: Bueno, en realidad no es que me fije en los últimos días. Los tomo como punto de observación desde el que el protagonista repasa su vida. Y es que, si se quiere dar una visión global de toda la vida del personaje, no hay otro sistema, siempre, naturalmente, que la única voz que se escuche sea la del mismo personaje, que es mi procedimiento preferido.
P.: La pistola que aparece en la portada alude al trágico final de Larra. ¿Cuál cree que fue la causa del suicidio?
R.: Yo creo que el fracaso amoroso, la ruptura, fue el antecedente inmediato, la causa última, pero detrás hay toda una historia. Y no soy de los que ponen todo el peso en el desengaño político y "patriótico", ni mucho menos. Más bien creo que Larra había nacido con vocación de suicida (si se rastrea en sus escrito se advierte claramente), como había nacido con vocación de escritor, vocaciones ambas tan claras como irreprimibles (¡por fortuna no siempre han de ir juntas!). En el carácter congénito de Larra, como en el de cada cual, estaba esbozado su destino. Sólo circunstancias extremadamente favorables hubiesen permitido un desenlace menos trágico.
P.: ¿Hay algún otro aspecto de esta novela que desee comentar?
R.: Sí, hay un aspecto muy singular, que la distingue del resto de mis obras anteriores, y quizá también de las posteriores, y es el idioma. Me explico. Los protagonistas de mis anteriores novelas (Catulo, Cicerón, Schopenhauer) se expresaban en una lengua (latín, alemán) diferente del idioma en que están escritas las novelas; en cambio, el protagonista de ésta, Larra, se expresaba en el mismo idioma en que está escrita la novela. Esto suponía que el autor no sólo tenía que captar el espíritu y hasta el estilo del personaje, como en las otras obras, sino que, además, había de reproducir su lenguaje, su castellano. Pero reproducirlo hasta cierto punto, porque tampoco se trataba de practicar una reconstrucción arqueológica, sino de conservar el tono general de la escritura, incluidos algunos localismos "incorrectos", como el laísmo madrileño. Si el resultado ha sido bueno o no, puede saberse haciendo la siguiente prueba: intentando distinguir los párrafos auténticos de Larra con que está trufado el libro (no hay muchos, quizás cuatro o cinco) del grueso de la obra, producto exclusivo del ingenio del autor, y usted disimule.
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