Tres manzanas cayeron del cielo, de Micheline Aharonian Marcom
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1 comentario 6 de diciembre de 2007 a las 6:13 GMT+1 seleucus
Novela tan extraña como magistral acerca del genocidio que turcos y kurdos llevaron a cabo contra los armenios durante la Primera Guerra Mundial, y escrita por la nieta de una superviviente.
Un poco de repaso antes de entrar en materia. Tras el empuje mostrado durante las dos Guerras Balcánicas (1912-1913) por los ortodoxos griegos, serbios y búlgaros contra los restos del Imperio Otomano, y viendo que las tropas australianas y británicas se lo estaban poniendo difícil en los Dardanelos, las autoridades otomanas montaron el primer genocidio del siglo XX. El objetivo era exterminar a la población cristiana de la retaguardia, sometida oficialmente desde 1453, año de la caída de Constantinopla. Así, de 1914 a 1922 se llevó a cabo lo que se conoce como Genocido Cristiano de Asia Menor. De los tres millones de muertos, uno y medio fueron armenios. El resto, griegos y asirios. En relación con el total de población, no se volvería a ver una tasa de mortalidad tan elevada hasta los seis millones de judíos exterminados por Hitler, o los dos millones de camboyanos liquidados a manos de Pol Pot (una tercera parte de los habitantes del país, en el caso del sudeste asiático).
Volvamos a la novela. Es muy dura y de un estilo no lineal. Las historias se cruzan, junto con algunas idas de olla de la autora, que ha descargado toda su rabia y frustración (justificadas) en una obra de lectura difícil. Que nadie se espere una narración convencional. Aquí unas líneas de las más suaves:
"Miré las llanuras de Anatolia, lo recuerdo, lo escribí, y no pude oler la podredumbre, no pude ver las fauces del perro salvaje que llevaba la tibia de un pariente, o del niño que vivía a dos casas y me incordiaba, al volver de la meseta pestilente y del lago Goeljuk. [...]" [página 50]
Casi toda la novela es así, aunque sazonada con los textos originales del personal diplomático estadounidense que ayudó en lo que pudo a las víctimas asiáticas, mientras en el frente occidental Francia perdía en cuatro años al dos y medio por ciento de su población total. Aquellos maravillosos años...
Pues eso, para echarse a llorar. Publica El Cobre.
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