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1 de diciembre de 2007 a las 15:35 GMT+1
seleucus
Casi me da vergüenza referir esta noticia. Para empezar, por el nombre de la guía, de corte tan fascista como el de Formación del Espíritu Nacional que, gracias a la democracia, no me tuve que comer de pequeño. Pero digamos que lo peor no es eso, sino que lo que se hace es invitar a practicar el spam, esa entrada masiva que nadie quiere recibir en su correo. Conducta deplorable por parte de quien aspira a seguir gobernando la décima potencia industrial del mundo.
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1 de diciembre de 2007 a las 7:23 GMT+1
seleucus
Siruela ha editado con mucho acierto esta obra de Maria Lorenza Chiesara. No diré que sea para todos los públicos, pero desde luego es una magnífica indagación también asequible para quienes, sin dedicarse a la filosofía, pretendan conocer qué fue exactamente el escepticismo. La autora, doctora por la Universidad de Oxford (no nos dicen en qué, pero se supone que en filosofía), compendia y sintetiza las diversas corrientes del escepticismo de forma inteligible y didáctica.
Como nos ilustra Chiesara, el escepticismo antiguo tenía dos vertientes: la pirroniana y la académica. La primera provenía directamente del filósofo Pirrón de Élide, mientras que la segunda tenía su foco en Sócrates y su discípulo Platón. La corriente pirroniana desembocó en el posterior neopirronismo de Enesidemo y Sexto Empírico, mientras que la académica, de carácter más gnóstico por definición, quedó en manos de Arcesilao de Pítana, de Carnéades de Cirene y de Filón de Larisa. Y es que los principios teóricos del neoplatonismo no encajaban con los tres estadios del desarrollo espiritual escéptico: primero, la afasia o abstención del juicio por la extrema mutabilidad del mundo exterior; segundo, la consiguiente imperturbabilidad: lo que suceda al no-yo no puede afectar al yo, puesto que el abismo entre ambos es insalvable (que se lo pregunten a Fichte, si no); tercero, la insensibilidad final: el hombre debe suspender incluso las sensaciones, puesto que placer y dolor son relativos, y como tales prescindibles. Así, añado yo, queda claro que el escepticismo original no se parece absolutamente nada al que se profesa hoy día bajo el nombre de 'relativismo'.
Chiesara establece con claridad no sólo las tesis de ambos grupos sino también qué relación mantiene el escepticismo en general con otras corrientes de la época (más bien las épocas, puesto que hablamos de varios siglos), como el aristotelismo, el atomismo de Demócrito, el hedonismo de Epicuro o la filosofía eleática de Parménides y Zenón. Considerando que la traducción es buena y que Siruela edita bien, es un volumen a tener en cuenta.
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