Entradas de noviembre, 2007
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26 de noviembre de 2007 a las 7:09 GMT+1
seleucus
Belacqua ha publicado esta gran novela negra, también en extensión (410 páginas), escrita por uno de los clásicos vivos del género: Joseph Wambaugh. Que el prólogo corra a cargo de otro de los clásicos vivos, James Ellroy, no hace más que añadirle valor.
Wambaugh (East Pittsburg, 1937) es hijo de policía, y a retratar dicho mundo se ha dedicado. Uno de sus éxitos más conocidos es la novela Los chicos del coro, trasladada al cine con idéntico título en 1977 por Robert Aldrich.
La novela que nos ocupa es un fresco del día a día del Departamento de Policía de Los Angeles. La obra es coral, con personajes que se cruzan continuamente en historias de asesinatos, suicidios y demás. Afortunadamente, la maestría de Wambaugh impide que el lector se pierda en la maraña. Así que, de propina, se sale vivo del asunto.
La dureza del lenguaje es obvia, presente en cada página y sazonada con un argot local que se ha debido tener en cuenta en la traducción, muy acertada. Y aunque no haya concesiones, no es una novela con expresiones gratuitas, ya que lo que hace el autor no es más que reproducir ese mundo oculto que posee existencia efectiva, por más que sólo suela aparecer de noche y en determinadas zonas alejadas de quienes duermen bien.
Hay que destacar que la introducción de Ellroy es más cruda si cabe que la novela misma. Quien conozca la manera en que se condujo de joven y cómo llegó a admirar a Wambaugh, diez años mayor que él, sabrá por qué.
P.D.: Bueno, doy más detalles. Ellroy fue un vagabundo alcohólico obsesionado sexualmente con su madre. Ahora está rehabilitado y tal.
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25 de noviembre de 2007 a las 22:30 GMT+1
seleucus
La de la quincena anterior preguntaba si estás de acuerdo con Stefan Zweig en que no es bueno leer antes de acostarse. De 33 respuestas, 13 (39%) contestaron que no, porque al leer antes de dormir uno desconecta del día y concilia el sueño mejor; 11 (33%) contestaron que depende de con quién te acuestes; 8 (24%) dijeron estar de acuerdo con el austrohúngaro porque la imaginación se dispara y luego cuesta dormirse; y 1 (3%) dijo que sí, porque leer antes de acostarse quita horas de sueño, y a la mañana siguiente se nota.
Muchas gracias por vuestra participación.
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25 de noviembre de 2007 a las 9:37 GMT+1
seleucus
Esta noche, de nuevo por la T3 de Barajas. Instalación y organización tercermundista.
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24 de noviembre de 2007 a las 7:35 GMT+1
seleucus
Más de medio siglo separa el Drácula (1897) de Stoker (1847-1912) de la revisión de fundamentos que Matheson llevó a cabo en I Am Legend (1954). Y una no anula la otra. Prueba de ello es que en 1958 Terence Fisher dirigió la mítica Drácula con Peter Cushing y Christopher Lee. Lo que sucedió, en realidad, fue que se abrió un nuevo camino espectacularmente fructífero: la bifurcación vampírica.
La novela de Abraham Stoker es un clásico del género de terror. Claro que ahora no da miedo ni en broma, pero la percepción en su momento era distinta. El vampirismo ya llevaba mucho tiempo presente en el imaginario y en la literatura, pero carecía de una obra mayor que le diera una forma definitiva, fijando un cánon, moldeando un patrón que durara para siempre. Stoker asumió el trabajo, y el resultado devino un mito literario, a mi juicio, sobrevalorado. Que no se me malinterprete. Lo que quiero decir es que el estilo decimonónicamente caballeresco de Stoker resulta un tanto farragoso a estas alturas. Considero que las mejores obras del irlandés son sus cuentos, donde logró alcanzar unas cotas de turbación y espanto inexistentes en Drácula.
Mi explicación para la aparición de una obra que refundara la categoría literaria del vampirismo es la siguiente. La derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial comportó la extinción de la novela romántica, tocada ya de muerte desde hacía décadas. El suicidio de Stefan Zweig en Brasil en 1942 fue más que la muerte de un escritor huido del nazismo: comportó la desaparición de la novela centroeuropea heredera del Imperio Austrohúngaro, máximamente encarnada por Joseph Roth (1894-1939). A partir de entonces, sólo quedarían los autores europeos nacidos en los años 20 y 30, como Imre Kertész o Günter Grass. Naturalmente, la novela romántica anglosajona también quedó finiquitada. De manera consciente o inconsciente, muchos elementos se sometieron a revisión para cortar con un pasado demasiado doloroso. Unos tiraron hacia el escapismo de la ciencia ficción espacial (Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, por ejemplo), mientras que otros se refugiaron en sus vivencias (Kurt Vonnegut, quien luchó en el frente Occidental y escribió Matadero cinco), sin ir más lejos. Richard Matheson tuvo la feliz idea de reescribir el mito romántico y caduco del vampiro. Y sentó cátedra, permitiendo cortar con el pasado y volver a empezar.
Es indudable que la línea vampírica de Stoker continúa viva. Es un filón. Todavía se publican novelas de corte falsamente romántico, esteticista, una suerte de revisionismo de lo decimonónico. Pero la situación la salvó Matheson. Veamos cómo:
1. De Soy leyenda salió la inspiración para todo el cine de zombies, muertos vivientes y virus que reconfiguran la imagen de la Tierra, desde las primeras películas como La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, hasta 28 días después. De esta guisa, se invierten las proporciones: los tarados son mayoría. La normalidad deviene anormalidad.
2. Algunas imágenes creadas por Matheson se han copiado al pie de la letra hasta la extenuación: legiones de infectados recorriendo las calles, mordiendo a los demás o, simplemente, comiéndoselos. Sin ir más lejos, en la película El cementerio viviente, basada en la novela de Stephen King, ella regresa de la tumba y entra por la puerta de la que fue, en vida, su casa, para horror de su marido. Dicha escena está calcada de la novela de Matheson. Lo que no sé es si también está presente en la novela de King, dado que no la he leído.
3. La idea científica del vampirismo como un virus contra el cual se puede luchar desde un laboratorio, explotada por la serie de películas Blade, sale de Matheson, con todo lo que comporta: desarrollar una serie de explicaciones biológicamente creíbles que aclaren, por ejemplo, la repulsión por el ajo (alergia), o que un vampiro fenezca cuando se le atraviesa el corazón (entrada súbita de aire dentro de un cuerpo que ha sufrido unos cambios moleculares que implican no sé qué, ya no me acuerdo).
En resumen, Matheson desmitologiza el vampirismo y lo trasvasa del reino de lo tenebroso al de lo médico, transformándolo en un problema de salud pública.
Para terminar, quiero añadir algo que puede resultar molesto a quien no haya leído la novela ni visto ninguna de las dos versiones cinematográficas producidas hasta ahora (no cuento la versión que se estrenará dentro de un mes). Por tanto, advierto que a más de uno le conviene dejar de leer aquí... Bien, sigo, ya que quien avisa no es traidor. Stefan Zweig recuerda en El mundo de ayer cómo las juventudes hitlerianas aparecían en camiones, de súbito, y se ponían a repartir. Eran las fuerzas de choque, la avanzada de los que cambiarían el mundo mediante la Realpolitik. Algo de eso hay en Soy leyenda, claramente, cuando ellos, al final, aparecen en camiones para limpiar los restos del viejo mundo y desbrozar el camino para la llegada de la nueva ola que tomará el poder. La diferencia es que en Matheson, pesimista por naturaleza, las cosas terminan mal, y el nuevo orden de corte fascista vence. Y para siempre.
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23 de noviembre de 2007 a las 7:33 GMT+1
seleucus
Richard Matheson (New Jersey, 1926) es el genio que escribió, entre otras cosas, El hombre menguante, llevada al cine bajo el título de El increíble hombre menguante (como si fuera una atracción de feria, el pobre...), película que marcó mi infancia y mi salud mental, especialmente la escena en que el protagonista, ya diminuto, se enfrenta a una araña con un alfiler. Y por si fuera poco, Matheson también es el responsable de la otra novela de vampiros. Porque se puede decir que existen sólo dos: una es Drácula, de Bram Stoker; la otra es ésta, I Am Legend.
Hasta qué punto Matheson refundó el género vampírico lo expondré mañana. Hoy voy a centrarme en la novela que atesora uno de los mejores inicios de la historia de la literatura.
Soy leyenda se publicó en 1954 y el impacto fue decisivo. El autor y la obra se convirtieron en eso mismo, leyendas. El argumento: Robert Neville es el último ser humano de la Tierra. Una epidemia de vampirismo (el vampirismo se plantea científicamente, y de aquí sale Blade) se ha llevado por delante a toda la población mundial. O hablando con más precisión: los supervivientes son vampiros, entes que actúan casi como animales, sin uso de razón más allá de una limitada capacidad para hablar y recordar aquello que fueron a la sazón.
Neville vive de día, haciendo lo que puede para no enloquecer, y se guarece en su casa fortificada de noche, cuando ellos campan a sus anchas. Su propio vecino y colega, con quien iba al trabajo cada día, se limita a vagar con nocturnidad alrededor de su casa, chillando la mítica frase "Get out, Neville!" ("¡Sal, Neville!") de manera tan escalofriante como repetitiva.
Pero la otra tarea de Neville, más allá de buscar comida, es matar vampiros. Los mata de día, mientras duermen. En un mundo al revés, donde el normal deviene el monstruo, Neville se convierte en el hombre del saco, aquél que rompe el sueño diurno de los no-muertos para llevárselos consigo. El monstruo que acecha bajo la cama es un humano. Diría Nietzsche que se han invertido todos los valores. Neville se limita a decir: Soy leyenda.
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22 de noviembre de 2007 a las 14:03 GMT+1
seleucus
En Microsiervos se nos informa de que se puede bajar material, legalmente, pero no venderlo. Normal. Lo que no sé es si la SGAE lo sabe.
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22 de noviembre de 2007 a las 7:25 GMT+1
seleucus
Aquí hay dos asuntos que aclarar: quién es Enrique Serrano y quién fue Tamerlán.
Serrano es un escritor colombiano (o eso creo) nacido en 1960. Ahí va eso.
Tamerlán en la forma normal española, o Temür el Cojo en forma turca, fue un conquistador del Asia Central que, durante el siglo XIV, se dedicó a repartir por todos lados, sin miramiento alguno. Eso repercutió directamente en el debilitamiento de las hordas turcomanas que pretendían derrocar el Imperio Bizantino, y ayudó a que su nombre se convirtiera en leyenda en Europa.
Bien, la presente novela es una magnífica obra del género histórico, mil veces mejor que la morralla que se suele publicar. El narrador es un visir degradado a cocinero de la corte, y el texto es el diario que dicho individuo escribe al nieto de Tamerlán, para que se entere el chaval de lo que vale un peine.
Edita Seix Barral.
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21 de noviembre de 2007 a las 14:25 GMT+1
seleucus
Tiempo horrendo. La reuniones con las editoriales van moderadamente bien. Lo que no va tan bien es la estancia en casa de mi amigo. Pillo el inalámbrico de los vecinos a ratos, lo que me ahorra ir a Starbucks, pero en el edificio están de obras. Polvo por todas partes, lo ideal para un asmático y alérgico, y ruidos de 8 a 18h. Es el precio de ahorrarse un hotel...
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21 de noviembre de 2007 a las 7:16 GMT+1
seleucus
Alianza nos proporciona dos auténticas joyas de Ismaíl Kadaré (Gjirokaster, 1936). Se trata de dos novelas cortas que el autor albanés escribió con casi veinte años de diferencia: La hija de Agamenón entre 1984 y 1986, y El Sucesor entre 2002 y 2003, como se explica en la sucinta y acertada introducción del editor. No os perdáis lo que tuvo que hacer Kadaré para evadir de la censura comunista algunas de sus obras…
Ambas novelas se editan juntas porque están íntimamente relacionadas: parte de los protagonistas son los mismos, aunque eso resulte al final más bien accidental (es decir, la lógica de la segunda obra no exigía la presencia de los protagonistas de la primera). Pero así lo eligió Kadaré, y respetar su voluntad (no os alarméis, no ha muerto) es lo menos que se puede hacer.
En La hija de Agamenón, Kadaré traslada a esa Albania aislada del mundo el mito griego de Agamenón. Se dice que éste debía sacrificar a su propia hija antes de comenzar la campaña contra Troya, pero al final consiguió colar un chivo expiatorio en lugar de ella. Con la mirada fija en las almas muertas que genera el comunismo, la novela nos muestra la esquizofrenia de un mundo donde los vecinos se denuncian entre ellos en nombre de Enver Hoxha.
En El sucesor, observamos la misteriosa muerte de quien tenía que suceder en el trono albanés al Guía. Las sospechas recaen en el suicidio en general o en un ministro asesino en particular, y toda la maquinaria del horror se pone en marcha hasta desembocar en un final tan inesperado como arrítmico en relación con el resto de la obra.
Lo dicho: dos por el precio de una, y magistrales.
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20 de noviembre de 2007 a las 14:20 GMT+1
seleucus
Como me estoy dejando el sueldo que no tengo en los Starbucks de Madrid, os pongo estos vínculos para que estéis al loro del nuevo libro electrónico, y os los miráis. No comentaré nada.
Amazon lanza Kindle
Amazon Kindle en Microsiervos
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