De Bram Stoker a Richard Matheson
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3 comentarios 24 de noviembre de 2007 a las 7:35 GMT+1 seleucus
Más de medio siglo separa el Drácula (1897) de Stoker (1847-1912) de la revisión de fundamentos que Matheson llevó a cabo en I Am Legend (1954). Y una no anula la otra. Prueba de ello es que en 1958 Terence Fisher dirigió la mítica Drácula con Peter Cushing y Christopher Lee. Lo que sucedió, en realidad, fue que se abrió un nuevo camino espectacularmente fructífero: la bifurcación vampírica.
La novela de Abraham Stoker es un clásico del género de terror. Claro que ahora no da miedo ni en broma, pero la percepción en su momento era distinta. El vampirismo ya llevaba mucho tiempo presente en el imaginario y en la literatura, pero carecía de una obra mayor que le diera una forma definitiva, fijando un cánon, moldeando un patrón que durara para siempre. Stoker asumió el trabajo, y el resultado devino un mito literario, a mi juicio, sobrevalorado. Que no se me malinterprete. Lo que quiero decir es que el estilo decimonónicamente caballeresco de Stoker resulta un tanto farragoso a estas alturas. Considero que las mejores obras del irlandés son sus cuentos, donde logró alcanzar unas cotas de turbación y espanto inexistentes en Drácula.
Mi explicación para la aparición de una obra que refundara la categoría literaria del vampirismo es la siguiente. La derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial comportó la extinción de la novela romántica, tocada ya de muerte desde hacía décadas. El suicidio de Stefan Zweig en Brasil en 1942 fue más que la muerte de un escritor huido del nazismo: comportó la desaparición de la novela centroeuropea heredera del Imperio Austrohúngaro, máximamente encarnada por Joseph Roth (1894-1939). A partir de entonces, sólo quedarían los autores europeos nacidos en los años 20 y 30, como Imre Kertész o Günter Grass. Naturalmente, la novela romántica anglosajona también quedó finiquitada. De manera consciente o inconsciente, muchos elementos se sometieron a revisión para cortar con un pasado demasiado doloroso. Unos tiraron hacia el escapismo de la ciencia ficción espacial (Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, por ejemplo), mientras que otros se refugiaron en sus vivencias (Kurt Vonnegut, quien luchó en el frente Occidental y escribió Matadero cinco), sin ir más lejos. Richard Matheson tuvo la feliz idea de reescribir el mito romántico y caduco del vampiro. Y sentó cátedra, permitiendo cortar con el pasado y volver a empezar.
Es indudable que la línea vampírica de Stoker continúa viva. Es un filón. Todavía se publican novelas de corte falsamente romántico, esteticista, una suerte de revisionismo de lo decimonónico. Pero la situación la salvó Matheson. Veamos cómo:
1. De Soy leyenda salió la inspiración para todo el cine de zombies, muertos vivientes y virus que reconfiguran la imagen de la Tierra, desde las primeras películas como La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, hasta 28 días después. De esta guisa, se invierten las proporciones: los tarados son mayoría. La normalidad deviene anormalidad.
2. Algunas imágenes creadas por Matheson se han copiado al pie de la letra hasta la extenuación: legiones de infectados recorriendo las calles, mordiendo a los demás o, simplemente, comiéndoselos. Sin ir más lejos, en la película El cementerio viviente, basada en la novela de Stephen King, ella regresa de la tumba y entra por la puerta de la que fue, en vida, su casa, para horror de su marido. Dicha escena está calcada de la novela de Matheson. Lo que no sé es si también está presente en la novela de King, dado que no la he leído.
3. La idea científica del vampirismo como un virus contra el cual se puede luchar desde un laboratorio, explotada por la serie de películas Blade, sale de Matheson, con todo lo que comporta: desarrollar una serie de explicaciones biológicamente creíbles que aclaren, por ejemplo, la repulsión por el ajo (alergia), o que un vampiro fenezca cuando se le atraviesa el corazón (entrada súbita de aire dentro de un cuerpo que ha sufrido unos cambios moleculares que implican no sé qué, ya no me acuerdo).
En resumen, Matheson desmitologiza el vampirismo y lo trasvasa del reino de lo tenebroso al de lo médico, transformándolo en un problema de salud pública.
Para terminar, quiero añadir algo que puede resultar molesto a quien no haya leído la novela ni visto ninguna de las dos versiones cinematográficas producidas hasta ahora (no cuento la versión que se estrenará dentro de un mes). Por tanto, advierto que a más de uno le conviene dejar de leer aquí... Bien, sigo, ya que quien avisa no es traidor. Stefan Zweig recuerda en El mundo de ayer cómo las juventudes hitlerianas aparecían en camiones, de súbito, y se ponían a repartir. Eran las fuerzas de choque, la avanzada de los que cambiarían el mundo mediante la Realpolitik. Algo de eso hay en Soy leyenda, claramente, cuando ellos, al final, aparecen en camiones para limpiar los restos del viejo mundo y desbrozar el camino para la llegada de la nueva ola que tomará el poder. La diferencia es que en Matheson, pesimista por naturaleza, las cosas terminan mal, y el nuevo orden de corte fascista vence. Y para siempre.
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