La obra, de Émile Zola

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12 de noviembre de 2007 a las 7:09 GMT+1 seleucus

Qué decir a estas alturas de Émile Zola… Bueno, algo hay que decir, así que revisaremos su biografía. Nacido en París en 1840 y muerto allí mismo en 1902 tras un exilio político en Londres, fue compañero de colegio del gran pintor Paul Cézanne. Ya adulto, trabó amistad con los pintores Édouard Manet y Camille Pissarro, amén de con los hermanos Goncourt, escritores pertenecientes a la corriente naturalista, como él mismo. Más tarde, ampliaría su nómina de amistades selectas con los escritores más granados de la época: Alphonse Daudet, Gustave Flaubert, Charles-Marie-Georges Huysmans, Paul Alexis y Guy de Maupassant. Su celebridad actual proviene, más allá de la autoría de Germinal, de haber escrito en el diario L’Aurore el famoso "Yo acuso (Carta al Presidente de la República)" en defensa de Alfred Dreyfus, militar francés y judío usado como chivo expiatorio en un proceso judicial.

Zola se propuso escribir una serie de novelas que reflejasen la Francia de su tiempo, como hiciera unas generaciones antes, con su ciclo La comedia humana, Honoré de Balzac, quien culminó ochenta y cinco de ciento treinta y siete obras previstas, entre ellas clásicos como Eugenia Grandet. Así, Zola escribió el ciclo Rougon-Macquart de 1871 a 1893, compuesto de veinte novelas. La obra es una de ellas, y de una brillantez literaria considerable. El argumento tiene profundos caracteres autobiográficos, ya que los protagonistas son los amigos Claude Lantier y Pierre Sandoz, pintor y escritor respectivamente, imágenes claras de Cézanne y el propio Zola. De un dramatismo lacrimógeno absoluto, La obra refleja las tensiones insalvables a las cuales se enfrentan los artistas (en el caso que nos ocupa, el pintor) que, obsesionados con sus creaciones inacabadas y quizás inacabables, terminan hundiéndose en un pozo sin fondo que los aleja paulatinamente de sus familiares y amigos y los impulsa al suicidio, en un evidente movimiento romántico del cual aún hoy día no nos hemos desvinculado.

Uno no sabe si mencionar determinados pasajes de la obra. Por un lado, es un clásico, no una novedad editorial, pero por otro lado y precisamente por lo que acabo de decir, no es una obra muy leída, ya que lo que mayoritariamente se lee es literatura de aeropuerto. Así que me callaré el momento maestro que Zola imprimió en esta novela, un pasaje que me provocó vértigo al presenciar cómo sucumbe el pintor a las exigencias del arte frente a la naturaleza muerta, literalmente.

Para terminar, es necesario señalar que el volumen está perfectamente editado por Mondadori en su colección de "Grandes Clásicos", y que el prólogo es de Ignacio Echevarría, el crítico a quien se expulsó de El País por no doblegarse a determinadas directrices. Es lo que hay.

Entrada clasificada como: Recomendaciones literarias

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