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6 de noviembre de 2007 a las 20:32 GMT+1
seleucus
Hoy hemos estado recibiendo visitas de zombies, pero no ha sido nada grave.
Por otro lado, he incorporado un nuevo vínculo en la barra lateral. Es a la página El castellano, que puede ser de utilidad.
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6 de noviembre de 2007 a las 7:34 GMT+1
seleucus
Magnífica película de Lajos Koltai, tan fiel al original de Kertész que incluso comienza con el primer parágrafo de la novela. E inexplicable que nos llegue con dos años de retraso, teniendo en cuenta que Kertész fue Nobel de Literatura en 2002.
El buen hacer del personal ha permitido que no se note en pantalla que se trata de una producción europea de bajo presupuesto (no sé la cifra, pero seguro que está por debajo de lo que se maneja en Hollywood), de manera que, en cierto sentido, nos recuerda a El pianista, de Polanski, imagino que rodada con mucho más dinero.
Las interpretaciones son apoteósicas. Los actores húngaros dejan en el ridículo más absoluto a toda esta patulea de pseudoactores españoles que viven de mis impuestos a través de las subvenciones del Ministerio de Cultura de España, sea quien sea el partido que ocupe el gobierno. Alguno dirá que en Hollywood el cine es de pena. Quizás, pero no se hace con dinero público.
Recordemos brevemente el argumento: el protagonista de quince años pertenece a la comunidad judía de Budapest, sin tener conciencia de ello. No es creyente. Nunca le ha dado importancia. Pero los demás sí, especialmente los alemanes y los húngaros colaboracionistas que, cuando quieren ser amables, sueltan frases como "a fin de cuentas, tú también eres húngaro". Entonces llega la captura y deportación, y su adolescencia termina de golpe, cuando debe convertirse en un hombre y sobrevivir en los campos de Polonia.
El elemento más bien solucionado en la traslación al cine ha sido el momento del regreso de los supervivientes del campo de concentración a Budapest. Aparte del rodeo que tienen que dar por una Alemania devastada, el sentimiento de enajenación que sufre el protagonista es desgarrador. Su casa no es su casa, y su regreso como un fantasma hace que los demás bajen la mirada, momento en que entendemos que algunos preferirían que no hubiese salido con vida de allí. Así, no tendrían que pronunciar la frase: "No pudimos hacer nada". La respuesta de Kertész por boca del joven es: siempre estás a tiempo de hacer algo, ni que sea morir luchando.
Llegados aquí, quisiera señalar dos puntos:
1. La conjunción entre imagen y música no está muy bien lograda. El dramatismo se desdibuja.
2. La novela marca una distancia con los hechos que, todo hay que decirlo, no se podía mantener en pantalla a menos que se hiciera en formato documental aséptico.
Para finalizar, una conclusión a la cual llegué en la escena en que el protagonista, desfalleciendo por hambre, saliva al ver comer como un cerdo a un soldado alemán: el vegetarianismo como máxima expresión de la mentalidad burguesa de salón. Sólo se puede renunciar a la carne por motivos no religiosos cuando no se sabe lo que es estar a punto de morir de inanición impuesta por la fuerza. Contra mí se dirá, por ejemplo, que en Oriente los partidarios de determinadas corrientes místicas llevan siglos practicándolo. Pues más a mi favor. En Occidente se ha impuesto como tendencia postmoderna importada del extranjero y revestida de un falso (aquí) misticismo que se apoya en la idea hegeliana de conciencia superior. Los verdaderos vegetarianos renuncian a la carne por motivos religiosos, no ideológicos, como los hindúes renuncian a la vaca y los musulmanes y los judíos al cerdo. Y que nadie se ofenda. Que cada uno coma lo que quiera mientras no insinúe que se es mejor persona en virtud de una dieta concreta. Naturalmente, antropofagia excepta.
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