En los oscuros lugares del saber, de Peter Kingsley
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27 de Septiembre de 2007 a las 7:47 GMT+1 seleucus
Kingsley, británico nacido en 1953 y Ph.D. (Doctor en Filosofía) por la Universidad de Londres, sacudió hace poco al mundo académico con este libro, cuyo título original es In the Dark Places of Wisdom. La editorial Atalanta se avanzó con habilidad en la traducción española de la obra. Y acertó.
El autor es un especialista en filosofía presocrática. En este atrevido volumen se centra en la figura de Parménides de Elea, uno de los individuos más oscuros a la par que influyentes en la historia de Occidente, y por extensión del mundo. Y honestamente, pues no en vano me dedico a ganarme enemigos declarando lo que los demás críticos se callan (por ejemplo, que Antonio Gala no es un maestro sino un incapacitado mental para la literatura), voy a hacer pública profesión de fe: Kingsley me ha convencido de su tesis. Me he convertido. Y no era nada fácil, dado que no me dejo arrastrar a la primera, a menos que sea a Singapur o a una de Godzilla. Pero ¿cuál es la tesis? Esperad a leer toda la entrada.
Vayamos por partes. Primero lo malo, que lo hay, y al final lo bueno para dejar un sabor óptimo. Kingsley tiene una forma de escribir que revela, al menos a primera vista, una personalidad anclada en cierto misticismo propio de las escuelas filosóficas antiguas. Es decir, escribe como quien funda una academia de filosofía hace veintitres siglos en algún territorio jónico y se dedica a explicar el mundo a los hijos de los ricos, los que mayoritariamente accedían a la sazón a dichos centros de saber. En ese sentido, es algo cansino, actuando como un iluminado. Sin quitarle mérito a lo que ha descubierto, que es muy importante, la verdad es que tampoco nos vamos a pegar un tiro a estas alturas. Al menos yo. Acepto su tesis sin escandalizarme, al contrario de lo que otros han hecho, inmóviles en la tradición.
Ahora lo bueno. El libro no es académico, sino que está al alcance de todo el mundo. Kingsley ha conseguido escribir una obra de rigor absoluto en el campo de la filosofía y de la filología sin hacerla ininteligible a quienes no estén formados en dichas ramas. En ese sentido, se parece a lo que hizo Stephen Hawking en la astrofísica con su Historia del tiempo. Cualquiera puede comprender, gracias a la claridad expositiva del autor, cuál es la revolución que este libro genera. Y cuando digo 'cualquiera' hablo literalmente, incluyendo a los pobres que estén enganchados a esa droga letal que ha sido la filosofía francesa de la segunda mitad del siglo pasado: Deleuze, Derrida, Baudrillard, y adláteres.
Llegados aquí, es hora de revelar el descubrimiento de Kingsley. Tesis: Parménides no era meramente un filósofo, que también, sino un sacerdote consagrado al culto de Apolo. La argumentación desplegada a lo largo del libro convencerá, o como mínimo hará dudar, a cualquier especialista que lo lea, amén de resultar instructivo para los no especialistas que tengan el buen criterio de leer el libro. Kingsley no está diciendo que los alienígenas construyeran las pirámides. Su tesis no es una locura, sino algo perfectamente comprensible en virtud de los elementos expuestos en el libro.
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