De Turguéniev a Lars von Trier

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14 de junio de 2007 a las 21:27 GMT+1 seleucus

Bueno, bueno, bueno. De lo que se da cuenta uno cuando lee La reliquia viviente de Turguéniev. En este cuento, la protagonista enferma, literalmente virgen y pura de corazón, muere tras haber oído campanas, algo imposible dado que no había ni una cerca de ella en varios kilómetros a la redonda. Entonces salta la chispa. ¿Cómo termina Rompiendo las olas (Breaking the Waves), de Lars von Trier? Con la protagonista, la actriz Emily Watson, asumida en el regazo de Dios mientras suenan campanas celestiales por la muerte de alguien que mereció más de lo que tuvo en la vida terrena.

Mensaje a Lars, quien, por lo que sé, está bajo tratamiento psiquiátrico: si vas de intelectual por la vida, ten al menos el detalle de no agenciarte ideas ajenas. No lo digo en vano: corrieron ríos de tinta por el final de tu película. Y que yo sepa, nunca dijiste que tu idea no fuera tuya. Claro que puede ser una mera coincidencia, pero lo dudo...

Entrada clasificada como: Literatura y cine,Recomendaciones literarias

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6 comentarios Deja un comentario

  • 1. alcindoro  |  15 de junio de 2007 a las 9:28 GMT+2

    Bueno, bueno, bueno. Ahora hemos leído un ratito a Turguéniev y le vamos a enmendar la plana a Lars von Trier, que está el pobre indefenso.
    Que yo sepa, las campanas son un elemento recurrente tanto en literatura como en cine. Empezando por Buñuel y pasando por Hitchcock y tantos otros, a menudo con connotaciones católico/místico/religiosas. En una película donde la obsesiva (por no decir integrista) presencia religiosa es tan evidente me parece un final no sólo sorprendente -de ahí los ríos de tinta- sinó también acertado.
    Repasad el cine clásico americano y encontraréis mas de una película con "final campanero".
    Atentamente

  • 2. seleucus  |  15 de junio de 2007 a las 9:51 GMT+2

    Más a mi favor. El cine es posterior a Turguéniev, o sea que casi podemos concluir que beben todos de él.
    Y perdón por leer un ratito a Turguéniev. Los que no somos ultra-cultos también leemos a otros autores. El día tiene veinticuatro horas. No damos para más.

  • 3. David  |  15 de junio de 2007 a las 10:13 GMT+2

    No he leído el cuento de Turguéniev, pero lo de la casualidad tampoco me parecería tan raro. Recuerdo hace unos años un conocido mío estaba escribiendo una novela vagamente ambientada en la guerra de Sarajevo y quiso incluir una escena en la que la niebla permitía por fin un receso de tanto bombardeo. El mismo motivo aparece en la magistral "La mirada de Ulises" de Theo Angelopoulos, y así se lo hice notar antes de terminar el libro. La intención no era plagiar la escena ni siquiera hacerle un guiño. Un simple descuido. Finalmente la omitió del libro. Ergo: no es tan raro llegar al mismo elemento por vías distintas.

  • 4. alcindoro  |  15 de junio de 2007 a las 10:15 GMT+2

    Te recomiendo "La correspondencia de las artes". Soy ultra-culto pero ahora no estoy seguro del autor. Se trata de un interesante ensayo que compara y traza paralelismos en la iconología entre diferentes artes. Te aclarará algunos conceptos.
    Por otro lado, veo que ahora la víctima de esta vuestra cruzada contra todo lo que huela a izquierdas o a "progre" ha llegado hasta Von Trier. Sin duda tiene un cine irregular pero es sin duda una de las personalidades del cine contemporáneo. O no? Preferís el chascarrillo de "Santiago Segura?

  • 5. seleucus  |  15 de junio de 2007 a las 10:23 GMT+2

    Por Segura siento cierta simpatía porque es un friki de cojones, y la cabra siempre tira al monte. Pero nada más.
    Léete las explicaciones de por qué creé este blog (las encontrarás en las pestañas superiores) y verás que no tiene nada que ver con política. Si así fuera, rajaría hasta la médula a autores como Juan José Millás. Pero lo poco que he leído de él me ha gustado, así que no lo haré.

  • 6. Shackleton  |  15 de junio de 2007 a las 13:16 GMT+2

    Alguien que conozca el libro de Souriau (Etienne, amigo Alcindoro) y no recuerde de qué iba huele a esteta de bibliothèque de la Sorbonne. O a crítico musical anacoreta y wagneriano. Ese ensayo, como las payasadas sobre cine de Gilles Deleuze y la patulea posmoderna, son de consumo exclusivo para gente con ideas confusas, que no digo yo que nadie lo sea por estos lares. Ítem más, debe distinguirse entre la "iconología" (usada aquí en un sentido erróneo) y el estudio de las formas y temas comunes en la historia del arte, por lo que sería de utilidad suspender la utilización de algunas palabras hasta aclarar su significado. Aunque imagino que ésa "iconología" es la forma pedante para definir otra cosa: el clásico plagio de ideas. El de toda la vida.

    Quien haya leído la obra de Turguéniev y haya visto el film de Trier comprobará que, para desesperación de Paul Auster y solaz de quien esto escribe, las casualidades no existen. Pero las causalidades sí. Los compositores clásicos se copiaban entre ellos (así Corelli y Vivaldi, Brahms y Dvorak, incluso Mozart y Haydn), y en poesía el descaro es mucho mayor (lee a Neruda y León Felipe, Altolaguirre y Salinas, Juan Ramón y Valente; o coge a Gil de Biedma y compáralo con las huestes que integran esa impostura llamada "poesía de la experiencia"). Por lo demás, en la poética de los siglos XVI y XVII, la copia o “influencia” no sólo era común sino preceptiva, toda vez que el concepto de buen arte era de tipo artesanal, tan alejado del embelesamiento romántico.

    Cierto es que la lectura y la admiración llevan a la imitación, como no puede ser de otro modo. Pero de lo que aquí se trata no es de encontrar motivos recurrentes en artistas diferentes, en diferentes épocas y movimientos, sino en la literalidad de la imagen. En su ósmosis contemplativa, a modo de espejo. Trier copia a Turguéniev, cierto, pero mucho menos que a Dreyer o a Tarkovski, amigo ultra-culto. Su voz artística es personal, sin duda, pero lo es mucho menos en la insoportable e ideologizada Dancer in the Dark que en Los idiotas, donde da una lección de cine. No hay cruzada antiprogre, entre otras cosas porque qué sabremos nosotros de si Von Trier es progre, cojitranco, bipolar o daltónico. Y qué más dará.

    Un último apunte. En el segundo volumen de las imprescindibles memorias de Sándor Márai, el autor húngaro recuerda la sensación que le produjo Manhattan al visitarlo por primera vez, y dice sentir la ciudad en blanco y negro con la música de Gershwin, Rhapsody in Blue. ¿Suena de algo la escena? ¿Tal vez como fulgurante inicio de una de las mejores películas de los años 80, dirigida por uno de esos tipos ultra-progres que tanto les molan a los ultra-cultos europeos? Quizá Woody Allen leyese a Márai, o quizá no. Yo me inclino a creer que, siendo un motivo más bien tópico, de ahí no se infiere que sea un plagio, entre otras cosas porque utilizar ideas de otros es lo que hacemos todos cada día, a todas horas, siempre. Creer en lo contrario es una actitud que bebe de la égida romántica, radicada en la autarquía e indeterminación del Artista, epígono, a su pesar, de veinticinco siglos de tradición.

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